Memorias de un autónomo cabreao
I
Como ya dejé claro en otro lugar,
me duele hasta la pena de quejarme.
“Esto no es crisis, usted no se alarme”,
mentían asno, escudero y juglar.
Ahora que la mierda llegó al techo,
ahora que todo esto es un remiendo,
ahora que nos estamos muriendo
de rabia, de asco, de miedo en el pecho,
ahora leen ustedes los datos
como quien mira una tarde lluviosa,
y dicen: “parece que va escampando”.
Si el agua se lleva hasta los retratos,
dejando en cimientos mi vida airosa,
por mí, señor, que siga diluviando.
II
Y habrá quien diga que soy un egoísta,
que lo que no es mío me importa un bledo,
que soy mi medida, mi único credo,
que como mi vida no es de revista,
pataleo contra el hado esclavista
y creyéndome que soy Don Tancredo,
cojo el cajón, la espada y salto al ruedo,
y mi alma de mármol de fino artista
derramará en la arena mi lamento,
me ganará en su requiebro la muerte,
me perderá la vida y su misterio,
y cuando muera en el último intento
de dejar la parca y su cautiverio,
gritaré “¡maldita sea mi suerte!”.
III
Como quedóme asperillo el soneto,
el que porta dos palitos romanos,
te pido ahora que hagamos un dueto,
tú trae el deseo, yo pongo las manos,
tu piel, mis dedos, un vicio secreto
jugarán a rebuscar los paganos
olimpos del sexo menos discreto,
donde el invierno muere de veranos.
La fragua que nos llenará la frente
de gemidos, caricias y suspiros,
nos quemará cuando todo se acabe,
volveremos, cada uno a sus retiros,
y guardaremos todo bajo llave.
¿Nuestro nombre?, que Cupido lo invente.
I
Como ya dejé claro en otro lugar,
me duele hasta la pena de quejarme.
“Esto no es crisis, usted no se alarme”,
mentían asno, escudero y juglar.
Ahora que la mierda llegó al techo,
ahora que todo esto es un remiendo,
ahora que nos estamos muriendo
de rabia, de asco, de miedo en el pecho,
ahora leen ustedes los datos
como quien mira una tarde lluviosa,
y dicen: “parece que va escampando”.
Si el agua se lleva hasta los retratos,
dejando en cimientos mi vida airosa,
por mí, señor, que siga diluviando.
II
Y habrá quien diga que soy un egoísta,
que lo que no es mío me importa un bledo,
que soy mi medida, mi único credo,
que como mi vida no es de revista,
pataleo contra el hado esclavista
y creyéndome que soy Don Tancredo,
cojo el cajón, la espada y salto al ruedo,
y mi alma de mármol de fino artista
derramará en la arena mi lamento,
me ganará en su requiebro la muerte,
me perderá la vida y su misterio,
y cuando muera en el último intento
de dejar la parca y su cautiverio,
gritaré “¡maldita sea mi suerte!”.
III
Como quedóme asperillo el soneto,
el que porta dos palitos romanos,
te pido ahora que hagamos un dueto,
tú trae el deseo, yo pongo las manos,
tu piel, mis dedos, un vicio secreto
jugarán a rebuscar los paganos
olimpos del sexo menos discreto,
donde el invierno muere de veranos.
La fragua que nos llenará la frente
de gemidos, caricias y suspiros,
nos quemará cuando todo se acabe,
volveremos, cada uno a sus retiros,
y guardaremos todo bajo llave.
¿Nuestro nombre?, que Cupido lo invente.