Arturo Riquelme
Poeta adicto al portal
Cuando señaló el reloj la hora moribunda,
el labio de centinela sereno abrió la noche,
se recostó en mis versos como una sirena lechosa,
su canto de naipes abiertos en la mirada del mazo,
su voz recortada
con espinarías olas en el ahínco.
Atraviesa la carne despojada de los utensilios,
sentada en su mesa oceánica la luna sangrante
petrifica los horarios.
La inocua figura de esperpento inspiraba el verso
adanico de la cañada,
sus manos en las telarañas del universo
respirando sonidos de agua,
un sentimiento de raíz atada,
el aura pura
de cristales en los ojos pegados...
Inquirí entre los matorrales el verbo descuidado,
ejecutando en la guillotina el raciocinio
de la mordaza,
como destetado de la loba
que se despertaba,
arrojando en las narices,
en los veleros de la mesa: el alma.
Un verbo insignificante que mueve el pentagrama,
la humedad del homicidio entre las piernas,
el volcán de la cavidad entre los ciegos,
la mirada extraviada de las alondras,
el personaje,
el ahora es cuando,
y supe que Dios existe,
mis arpas sonaron en las cuerdas perpetuas,
el día,
el condenado,
en su silla eléctrica,
la única semilla bajo tierra...
Al menos tengo la memoria de tu nombre,
y el conflicto de los dientes cuando aprietan
el labio,
algo de los secretos de los dedos invasores,
una tibia lluvia de estaciones con sus arcoíris
indispuestos,
se hacen presente en mi mesa anacrónica.
el labio de centinela sereno abrió la noche,
se recostó en mis versos como una sirena lechosa,
su canto de naipes abiertos en la mirada del mazo,
su voz recortada
con espinarías olas en el ahínco.
Atraviesa la carne despojada de los utensilios,
sentada en su mesa oceánica la luna sangrante
petrifica los horarios.
La inocua figura de esperpento inspiraba el verso
adanico de la cañada,
sus manos en las telarañas del universo
respirando sonidos de agua,
un sentimiento de raíz atada,
el aura pura
de cristales en los ojos pegados...
Inquirí entre los matorrales el verbo descuidado,
ejecutando en la guillotina el raciocinio
de la mordaza,
como destetado de la loba
que se despertaba,
arrojando en las narices,
en los veleros de la mesa: el alma.
Un verbo insignificante que mueve el pentagrama,
la humedad del homicidio entre las piernas,
el volcán de la cavidad entre los ciegos,
la mirada extraviada de las alondras,
el personaje,
el ahora es cuando,
y supe que Dios existe,
mis arpas sonaron en las cuerdas perpetuas,
el día,
el condenado,
en su silla eléctrica,
la única semilla bajo tierra...
Al menos tengo la memoria de tu nombre,
y el conflicto de los dientes cuando aprietan
el labio,
algo de los secretos de los dedos invasores,
una tibia lluvia de estaciones con sus arcoíris
indispuestos,
se hacen presente en mi mesa anacrónica.
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