cartasdeamor2026
Poeta recién llegado
Mi bella amada:
Suave y portentoso es tu arribo cada vez que te dignas aparecer. Todas las noches acudes a mi ventana como el hechizo que conoce su entrada, a veces ataviada con ropajes de reina soberana, otras envuelta en harapos de mendiga errante, más ningún vestido, ni el de seda ni el de polvo logra menguar tu beldad.
Te contemplo pálida y tatuada por el tiempo, marcada por cicatrices que solo los siglos conocen y comprenden, y sé, con certeza que no necesita palabras, que ansías tanto como yo este encuentro eterno que se repite y nunca se agota.
Apenas dejas escapar tu luz entre el velo de las nubes, y no hay hombre sobre la faz de la tierra que no sucumba, humillado y glorioso a la vez, ante semejante hermosura. Tenerte ante mí es como beber agua de mar: cuanto más bebo, más sed me devora, cuanto más te miro, más ciego me vuelvo de ti.
Verte hace temblar mis pies, mis piernas, los cimientos de mi consiente. Y sin embargo tú, siempre distante, siempre serena, navegas el cielo oscuro sin saber, o sin querer saber, lo que tu sola presencia provoca en este pobre mortal.
Las noches que no vienes, inundo mis pensamientos con imágenes de tu silueta fantasmal cruzando el firmamento. En tu ausencia, hasta las lechuzas dormidas traen en sus alas tu mensaje de paciencia: “espera, espera, que volveré”. Y yo apresuro las horas del día como quien empuja el tiempo con las manos, solo para volverte a ver. ¿Será esta noche?
Blanca y silenciosa, dime a quién más entregaré todas mis miradas, si no existe en cielo ni en tierra quien las merezca como tú. Que el sol me ciegue con su furia ardiente mientras tú no regresas a ocupar tu lugar en mi ventana, en mis ojos, en este corazón que orbita alrededor tuyo como los astros obedecen su curso eterno.
Regresa. Una vez más
Suave y portentoso es tu arribo cada vez que te dignas aparecer. Todas las noches acudes a mi ventana como el hechizo que conoce su entrada, a veces ataviada con ropajes de reina soberana, otras envuelta en harapos de mendiga errante, más ningún vestido, ni el de seda ni el de polvo logra menguar tu beldad.
Te contemplo pálida y tatuada por el tiempo, marcada por cicatrices que solo los siglos conocen y comprenden, y sé, con certeza que no necesita palabras, que ansías tanto como yo este encuentro eterno que se repite y nunca se agota.
Apenas dejas escapar tu luz entre el velo de las nubes, y no hay hombre sobre la faz de la tierra que no sucumba, humillado y glorioso a la vez, ante semejante hermosura. Tenerte ante mí es como beber agua de mar: cuanto más bebo, más sed me devora, cuanto más te miro, más ciego me vuelvo de ti.
Verte hace temblar mis pies, mis piernas, los cimientos de mi consiente. Y sin embargo tú, siempre distante, siempre serena, navegas el cielo oscuro sin saber, o sin querer saber, lo que tu sola presencia provoca en este pobre mortal.
Las noches que no vienes, inundo mis pensamientos con imágenes de tu silueta fantasmal cruzando el firmamento. En tu ausencia, hasta las lechuzas dormidas traen en sus alas tu mensaje de paciencia: “espera, espera, que volveré”. Y yo apresuro las horas del día como quien empuja el tiempo con las manos, solo para volverte a ver. ¿Será esta noche?
Blanca y silenciosa, dime a quién más entregaré todas mis miradas, si no existe en cielo ni en tierra quien las merezca como tú. Que el sol me ciegue con su furia ardiente mientras tú no regresas a ocupar tu lugar en mi ventana, en mis ojos, en este corazón que orbita alrededor tuyo como los astros obedecen su curso eterno.
Regresa. Una vez más