Recientemente tuve la suerte de visitar Colombia. Bogotá en realidad. Hay sin duda muchas variables que se me escapan de la realidad colombiana, sin embargo creo que es el caso más evidente donde la realidad y la política sufren el más absoluto divorcio, superponiéndose como dos películas simultáneas. Creo que se vive en una guerra civil no reconocida ni asumida como tal ni por la propia población colombiana ni por los hipócritas gobiernos supuestamente avanzados. Intereses de diverso origen motivan a ello, creo, tanto políticos como económicos. Entre tanto el común de la gente lucha diariamente por sobrevivir en un medio hostil, a veces, como denuncias en tu poema, depositando sus esperanzas en ir a otro lugar. Las cosas van. Sólo van, ni bien ni mal. Sólo van. Como por inercia. Quizás no sea el mejor signo celebrar una fiesta civil como el Día de la Independencia, con un desfile quasimilitar de escolares. La música militar(izada) siempre es un símbolo de violencia e inflexibilidad, así lo siento yo al menos, venga de donde venga (guerrilla, paras, gobierno). Como el destino de una bala es la muerte, venga de donde venga (gobierno, paras, guerrilla). Y la gente vive, sobrevive, sobre el paisaje de fondo de ese enfrentamiento, en medio del temor al secuestro, al asesinato, la violación, entre la desigualdad social y la falta de oportunidades, ante la desidia de las clases dirigentes sean del lado que sean (paras, guerrilla, gobierno) y su orgullosa arrogancia... Conmueve realmente ese padre recorriendo el país para reclamar un derecho básico de toda persona, el de vivir. Conmueve la muerte en masa de civiles. Conmueve la Séptima sembrada de ladrillos vestidos de muerte y de cruces. Como conmueve el Cartucho. Y mientras, el poder, sea el de quien sea (gobierno, guerrilla, paras) se va. Viaja a otro mundo. La realidad se escinde esquizofrénica. Y la gente tiene que seguir sobreviviendo...
Bueno, sólo son mis impresiones, tal vez demasiado simplistas.
Un saludo desde el Mediterráneo.