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Mi corazón picapedrero

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
Como casi siempre que me centro en la escritura, me pongo grave y serio.
No porque las gaviotas caguen en las estatuas.
O porque los borrachos meen en las paredes de mis tímpanos.
La vida... ¡me pasa por encima!
Más metropolitano que un colibrí, pero menos que un lumbago, me separan las piernas las máquinas para ejercitar abductores.
Y es que hay explosiones que el buenazo de turno de vigilancia no sospecha que vayan a freírle hasta la hebilla del cinturón de campeón de los pesos pesados.
La mente hay que regarla con analíticas de sangre.
No creo, ni supongo, ni me imagino a nadie que no haya hecho las maletas antes de tiempo, selecciones mundialistas aparte.
Hablando de todo un poco, ¿ustedes han visto al flaco favor alguna vez merodeando en su terraza?
Fijo que se le va la pinza.
Eso siempre gana a simple vista.
Puestos, dispuestos a hacer la vista gorda.
Vigilen sus relojes de bolsillo las madrugadas de sábado a domingo, ya más tarde de la happy hour, y antes de ojerosas misas de gallos de pelea.
En la ciudad se cuecen todo tipo de comentarios.
Lo digo más que nada por el salto de la cama a la fama.
Y es que en los hospitales no admiten bebés sin pañales, ni padres sin baberos.
Ni en los bares inmueble de contención, por más que vuelen mesas, poseídas por servilletas satánicas, de esas que tienes que separar premeditada y alevosamente, para romper el hielo.
No son afirmaciones convincentes, ni caos en cueros, ni un pub de gays.
Es más bien la única forma de que entiendan porqué hago poesía.
Muchísimas veces me ha parado a pensar en qué sitio se me quiere.
Pero miren, yo tengo un problema con el amor:
"Amé tanto, tanto, tanto, tanto, que vengo de vuelta del cementerio para perros lazarillos."
 
Como casi siempre que me centro en la escritura, me pongo grave y serio.
No porque las gaviotas caguen en las estatuas.
O porque los borrachos meen en las paredes de mis tímpanos.
La vida... ¡me pasa por encima!
Más metropolitano que un colibrí, pero menos que un lumbago, me separan las piernas las máquinas para ejercitar abductores.
Y es que hay explosiones que el buenazo de turno de vigilancia no sospecha que vayan a freírle hasta la hebilla del cinturón de campeón de los pesos pesados.
La mente hay que regarla con analíticas de sangre.
No creo, ni supongo, ni me imagino a nadie que no haya hecho las maletas antes de tiempo, selecciones mundialistas aparte.
Hablando de todo un poco, ¿ustedes han visto al flaco favor alguna vez merodeando en su terraza?
Fijo que se le va la pinza.
Eso siempre gana a simple vista.
Puestos, dispuestos a hacer la vista gorda.
Vigilen sus relojes de bolsillo las madrugadas de sábado a domingo, ya más tarde de la happy hour, y antes de ojerosas misas de gallos de pelea.
En la ciudad se cuecen todo tipo de comentarios.
Lo digo más que nada por el salto de la cama a la fama.
Y es que en los hospitales no admiten bebés sin pañales, ni padres sin baberos.
Ni en los bares inmueble de contención, por más que vuelen mesas, poseídas por servilletas satánicas, de esas que tienes que separar premeditada y alevosamente, para romper el hielo.
No son afirmaciones convincentes, ni caos en cueros, ni un pub de gays.
Es más bien la única forma de que entiendan porqué hago poesía.
Muchísimas veces me ha parado a pensar en qué sitio se me quiere.
Pero miren, yo tengo un problema con el amor:
"Amé tanto, tanto, tanto, tanto, que vengo de vuelta del cementerio para perros lazarillos."
Ir a contrapie y dejar que todo se disuelva en esa
explosion personal para exponer una poesia vivencial
y de vias unicas en el sentido vital de esos, llamemosles,
secretos anunciados, la ciudad da para eso y mucho mas.
felicidades. excelente. saludos de luzyabsenta
 

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