jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
si tratas bien tu dolor
y lo acaricias igual que si fuese una flor
de curiosos pétalos con forma de daga
y a lo mejor pudieses musitarle algo amable
o alguna noche fría incluso recitarle un poema
a la luz insomne de una tenue lámpara
-mientras fuera la lluvia azota los cristales-;
y si no lo apuras a irse
y piensas en él como un habitante más de tus días
igual que aceptas tu nariz no muy recta
el perpetuo rumor de tu ira latente
la melancolía que subsiste aferrada a tus huesos
y el tórrido romance que sostienes por años
con la más amarga de las desesperanzas;
y si te amistas con él y acaso
al paso del tiempo le llegaras a confiar tus penas
y le cuentas entonces cómo fueron las cosas
la inusitada llama que cegó tu razón
y le hablas de aurora y de sus ojos grandes
y de aquella vez que te dijo te quiero
y de aquella otra que te dijo estoy harta
y le dijeras luego lo mal que la pasas;
y si lo frecuentas tanto que te vuelves inmune
y un día descubrieras que dejó de doler
que no duele nada ni te importa una mierda
y lo ves y te ríes y te da lo mismo
-y sin embargo en el fondo te sientes estúpido
por haber permitido que jodiera tu vida-;
y si lo dejas tranquilo y además les prestas
alguno de los cuartos de la casa para que se quede
y pueda entrar y salir a su antojo
pero que no se vaya, que permanezca allí cerca
donde puedas cogerlo por si un día de tantos
vuelves a cagarla y te enamoras de otra...
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