Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
(A la edad ingenua y sus anhelos, que algunos persisten.)
¡Una estrella!
¡Una estrella fugaz...!
Siempre quise alcanzar una.
La más viva entre las tantas
que impávidas componen ese
firmamento redundante y vulgar.
Y así se va mi vida... Pues,
como piloto celeste, mi tiempo
busca mi estrella especial
por los lugares más insólitos
del universo.
Porque no...
¡No voy a someter mi anhelo
a cualquier luz!
¡No quiero claudicar!
Debo conseguirte. Debo,
alcanzarte por tan caro sueño,
mi estrella fugaz.
Pasarán los años, pasara la vida
y me pondré viejo...
Si te encuentro entonces,
aunque joven, lozana y vital,
tu iridiscencia me fulmine,
no me importará morir por ti.
Será bueno... Que sin ti,
así, abstemio
de correspondido sentimiento
igualmente muero.
¡Y no! ¡Insisto!
No quiero someterme,
a ese amor conformista, precario
(recurso ordinario
de quien no consigue
aquello que anhela
y cobardemente arrodilla su afán,
su tiempo y su vida,
ante un ‘amor de emergencia’.)
¡Estrella!
Aún si nunca te encontrase,
obstinado y rebelde, quiero;
que sigamos siendo: tú,
mi estrella fugaz... ¡Alta!
Inalcanzable y efímero ideal.
Y yo, sujeto a la inercia de tu estela,
tu fiel, melancólico enamorado
y recónditamente frustrado
signo astral.
(Que, de conseguirte,
te opacaría sin duda en insaciable,
multifacético anhelo promiscuo
de inconforme Acuariano...
Pues, a un tiempo de tu entrega,
tu luz valdría para mí,
lo mismo que la luz
de un fósforo apagado.)
¡Brilla muy alto!
Enamórame y sálvate...
Estrella esencial.
...