Luis Adolfo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hablemos de mi infancia.
Comenzaré con una imagen;
la imagen de un pirata
en plena ejecución
del abordaje de un navío,
o acaso la de un payaso triste
paseando de la mano de una niña por el parque.
Sigamos desandando. ¡A ver, a ver...!;
sí, ¡lo tengo!, ¡una baraja!, eso es:
naipes parlantes
sometidos a los coléricos
dictados de una reina
que compendia su regia gobernanza
en una frase:
¡que le corten la cabeza!, (¡qué obsesión
por cortar a todo quisque la cabeza!).
Mi infancia son solapas de camisas;
solapas de camisas cuyas puntas
alcanzan las estribaciones de los hombros,
camisas ocupadas por ejércitos de cuadros,
inquebrantables pantalones de campana.
Y una niña: también mi infancia es una niña,
una niña con pecas, millonaria,
que vive con un mono y un caballo
y viaja en globo,
y es dueña de la casa en la que vive,
donde todo es desorden y no existen los castigos:
esa casa de ensueño
con la que siempre hemos soñado los infantes.
Mi infancia son dos rombos que me arrastran a la cama,
el árbol hueco y la atalaya,
las rodillas peladas en el parque,
los libros juveniles de Bruguera
que ocupaban los blancos de mis tardes;
¡cómo no!,
las chapas, las canicas, los cromos,
los partidos de fútbol en el parque...
Mi infancia, en fin,
es un gato vacilado por ratones,
el aroma imborrable de un pupitre de madera,
la brisa marina que trae el alba de la noche,
la merienda cena en un cine de verano,
el cuero de un balón,
(su tacto,su fragancia),
el sonido de los grillos en verano,
saberme inmortal,
exprimir mi magín como si se tratase de una fruta
para beberme toda la sustancia imaginaria,
reír mucho, creer en mí,
marrar y poder refugiarme
en los brazos de mi madre,
también en los de aquel Dios infalible
con el que yo charlaba unos minutos,
ya en la cama, justo antes de dormirme.
Este poema forma parte de mi libro EN EL NOMBRE DEL TIEMPO
Comenzaré con una imagen;
la imagen de un pirata
en plena ejecución
del abordaje de un navío,
o acaso la de un payaso triste
paseando de la mano de una niña por el parque.
Sigamos desandando. ¡A ver, a ver...!;
sí, ¡lo tengo!, ¡una baraja!, eso es:
naipes parlantes
sometidos a los coléricos
dictados de una reina
que compendia su regia gobernanza
en una frase:
¡que le corten la cabeza!, (¡qué obsesión
por cortar a todo quisque la cabeza!).
Mi infancia son solapas de camisas;
solapas de camisas cuyas puntas
alcanzan las estribaciones de los hombros,
camisas ocupadas por ejércitos de cuadros,
inquebrantables pantalones de campana.
Y una niña: también mi infancia es una niña,
una niña con pecas, millonaria,
que vive con un mono y un caballo
y viaja en globo,
y es dueña de la casa en la que vive,
donde todo es desorden y no existen los castigos:
esa casa de ensueño
con la que siempre hemos soñado los infantes.
Mi infancia son dos rombos que me arrastran a la cama,
el árbol hueco y la atalaya,
las rodillas peladas en el parque,
los libros juveniles de Bruguera
que ocupaban los blancos de mis tardes;
¡cómo no!,
las chapas, las canicas, los cromos,
los partidos de fútbol en el parque...
Mi infancia, en fin,
es un gato vacilado por ratones,
el aroma imborrable de un pupitre de madera,
la brisa marina que trae el alba de la noche,
la merienda cena en un cine de verano,
el cuero de un balón,
(su tacto,su fragancia),
el sonido de los grillos en verano,
saberme inmortal,
exprimir mi magín como si se tratase de una fruta
para beberme toda la sustancia imaginaria,
reír mucho, creer en mí,
marrar y poder refugiarme
en los brazos de mi madre,
también en los de aquel Dios infalible
con el que yo charlaba unos minutos,
ya en la cama, justo antes de dormirme.
Este poema forma parte de mi libro EN EL NOMBRE DEL TIEMPO