Resbalé del hielo de mis profecías;
de las derivaciones austeras
que siempre pretendieron
mi sed cautiva
Encarnecieron las dolencias
de no enterrar en tus arenas
mi huella herida
Sucumbí al apetito feroz de tus océanos;
al taladrar urgente de la espina
Y corrí
corrí,
viendo como las olas negras hacían nido en mis oídos,
retumbando el luto de mi silencio
Obstinado doblegó el olvido
nuestros bolsillos insatisfechos
Vistieron de roca los soles
y la yedra apresuró su despistado ronquido
Asesinaron mis dedos, los hilos
de un titiritero libidinoso
Mi lengua raída
no halló reposo sino unos rotos cristales,
registro de mis males,
acallando las aves en las esquinas del agua
No hubo papel que sostuviera
las burbujas de mi alma,
sólo caían a la red de la sordera
como héroes de la nada