Mi último día

Évano

Libre, sin dioses.
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Con un hombro distraído en el umbral de la puerta resistía a la sensación succionadora del dormitorio de Eva. Un habitáculo surgido de un cuadro de Van Gogh.
Atraían sus muebles descansados en curvas irreales. Una silla endeble, desgastada por el uso, se mantenía unida gracias a una cinta roja que recorría sus maderas. Se enfrentaba a una mesa vulgar y corriente, desigualada en sus esquinas y paticoja. Las tablas del suelo, raídas por el paso del tiempo, ondulaban como leves olas de un mar casi en calma, de unas aguas grisáceas y aburridas. Un candelabro de velas amarillas titilaba cansino sobre una mesita de noche baja y sin cajones. Los tenues rayos dibujaban formas abstractas en las paredes, empapeladas con unos tulipanes que parecían ondear con el viento de las luces de las velas, mientras, el cuadro de un barco fantasma navegaba en ese océano ondeante. En el techo se entreveía unas estrellas lejanas, pintadas a mano por la misma Eva. Eran puntitos puntiagudos, de un azulado casi blanquecino, en medio de un diminuto universo negruzco. La tímida luz del candelabro a penas conseguía iluminarlas.
Pero el lecho no destacaba en la alcoba, sino que permanecía oculto, como un depredador cuando observa a su presa. Casi a ras de suelo. su sobrecama impedía ver más detalles. Con su dorado opaco parecía querer esconderse.
La voz melodiosa de Eva se elevó de entremedias de la colcha, invitándome a entrar y cerrar la puerta.
Se oyó un golpe, un quejido, el susurro de un lamento al cerrar. Me quedé quieto por un momento, saboreando la habitación, su olor a naftalina, a hermética. Oteé en busca de alguna ventana, de algún balcón. No había. Eva continuaba con su llamada sensual, como una hembra sumisa en celo.
Me desvestí mientras me acercaba a la cama, dejando esparcidas las ropas en mi lento avance.
Desnudo, al pie de los susurros, inspiré profundamente, como si intentara contener el máximo de aire posible antes de una larga inmersión.
Los suaves y húmedos brazos de Eva me introdujeron de golpe a su mundo.
Otra vez a su antojo. Otra vez la sangre corriendo por el cuello abajo, inundando el pecho, mojando y espesando las sábanas. Otra vez esos ojos ensangrentados pululando en la oscuridad que daban las mantas. Otra vez ese gorgoteo, ese olor de vida que decae paulatinamente, de carne débil. Otra vez esos susurros de ansiedad, de animal alimentándose.
Era la última vez, la que me transformaría en un alma nocturna, en un inmortal de las oscuridades, en un depredador de humanos.



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