jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
algo falló en mi vida hace algún tiempo
no tengo muy claro qué cosa ni cuándo
pero me da la impresión de que debió ser un error garrafal
-como un gol en contra o meter el acelerador
cuando tienes que meter el freno-
vivo embargado desde siempre por esa ominosa sensación
y por la sospecha de que la vida en el fondo se trata
de no poder evitar cagarla cada cierto tiempo;
sucede como con el motor de un auto: no puedes impedir
que ocasionalmente sufra una avería
pero la vida no es un auto, claro
la vida no tiene refacciones
así que uno sigue adelante con cada nueva falla que se presenta
uno va cargando a todos lados con el costal de las fallas que se acumulan
los errores, las cagadas, las cosas que se perdieron
las malas decisiones que redundaron en años pasados a la sombra
las palabras que nunca debieron pronunciarse
los amores que costaron más sufrimiento que placer
los actos que no debieron cometerse
-quizá también los que no te atreviste a cometer-
uno se lleva todo consigo en el maletero de su irreparable auto
y se inventa luego razones que justifiquen la presencia de ese lastre ya irremovible
-razones que no te las crees ni tú mismo
pero no se puede resetear la vida y empezar de cero cada que metes la pata-
entretanto van pasando los años
el viaje empieza a volverse de una monotonía sólo a veces rota
por algún intempestivo chubasco, tal vez la pinchadura de una llanta;
el auto por otra parte ya no responde igual que al principio
las cuestas las remonta cada vez con mayor lentitud
las llantas ya perdieron el dibujo, el tanque de gasolina tiene fugas
el parabrisas está roto en tres puntos, el embrague se atasca
todos los indicadores de emergencia han comenzado a parpadear,
pero no hay un solo taller o tienda de refacciones a la vista
y a pesar de que el puto carro está ya para el deshuesadero
no puedes simplemente hacerte a un lado y abandonarlo
y seguir tu camino a pie o pedir un aventón;
para acabar de joderla, hace tiempo que te diste cuenta
de que ni siquiera sabes hacia dónde te diriges
los primeros años no parecía importar mucho qué rumbo seguías
el camino era una especie de autopista amplia y luminosa
con salidas cada cien metros y empalmes a otras autopistas
el auto respondía de puta madre y el simple hecho de viajar
parecía ser razón más que suficiente para avanzar
¿a quién jodidos le hacía falta conocer el destino que lo aguardaba?
luego el panorama fue cambiando de manera impercetible
pequeños cambios no muy frecuentes al principio
pero que después se volvieron ya parte del paisaje:
rampas de salida bloqueadas sin la menor explicación
largos trechos de cinta asfáltica mal señalizada
áreas de descanso clausuradas indefinidamente
baches cada vez más grandes y contiguos a lo largo de kilómetros
así, hasta que un buen día de pronto te encuentras viajando
por un puto carril estrecho y derruido y sin acotamiento
-imposible intentar una maniobra de vuelta en redondo-
naturalmente, tu espíritu filosófico se siente irritado
¿cómo fue que terminé metido en este camino de mierda -te preguntas-
después de haber transitado por aquellas maravillosas autopistas?
sospechas que la respuesta, en caso de haberla
está relacionada con la misma lógica que determina
el progresivo empeoramiento del auto y la imposibilidad de repararlo;
sospechas también que cualquier respuesta resulta superflua;
en todo caso ahora sabes que el viaje pronto llegará a su fin
que terminará en cualquier parte de la manera más abrupta
al doblar la siguiente curva, tal vez
o al quedarte dormido al volante y reaccionar demasiado tarde
cuando sientas que te saliste del camino y has empezado a caer
en la zanja oscura y fría que corre por un lado
y se prolonga luego hacia abajo interminablemente
un segundo viaje en picada que no tendrá fin
:: ¿Me acaban de meter en una bañera llena de hielo? ¡NO! Es el Efecto Villaniano... La piel se me acaba de desprender de la carne ¡y cómo arde lpm!