Morgan H.Yabar
Poeta que considera el portal su segunda casa
A ese viejo, podías verle sonreír de la nada. Entonces, si ponías atención entre los surcos de su piel, la humedad de una lágrima, gatillando el alma.
-Habría sido inútil preguntar.
Luego, sus ojos parecían enterrarse en el horizonte, en ese sincretismo de las cuentas de un rosario y el cigarro que calaba de vez en cuando. Un grito brotaba escalando en el humo cuando exhalaba, y sus ojos al fin se cerraban.
-Y yo le sonreía, le devolvía una sonrisa, cuando sin verme decía:
-Estoy tan viejo que ya todos me han olvidado, ya no me recuerda ni dios, ni el diablo.
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