BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sí, alimentad vuestro delgado hilo magnético.
Vuestra obertura de rayos ambivalentes.
Vuestra locura de hermosos pergaminos excéntricos.
Vuestro delirio de juventud acelerada.
Vuestro cuerpo sometido a los placebos del viento.
Vuestra ignorancia titubeante de labios comprimidos.
Vuestra competición de alas frágiles entre aguas oscuras
sin fondo.
Vuestros sueños de demolición investidos.
Vuestras sedas sin permiso que ejercitan
rosas o copas sin terminar.
Vuestras correas máximas que producen electricidad.
Vuestras coronas de flores en lo profundo del océano.
Y vuestras anónimas peticiones y exigencias de danzas orientales.
No os importe
la saciedad de una belleza que se multiplica
entre obesidades letales. O aquellos depósitos invariables
de salitres y aromáticas orugas.
O la forma del cuerpo cuando se viste de seda.
Cuando el amor funde la armonía de los cuerpos.
Cuando los labios ocultan una mancillada amapola.
Cuando la luz olvida su secuencia de promesas y útiles
lapiceros.
Mientras el aire cálido exige su sacristía etílica.
Y el párroco invade los muslos de aguas condensadas.
Los labios, la mentira, el crepúsculo incesante.
Hasta llegar al último e impresionable diente roto-.
©
Vuestra obertura de rayos ambivalentes.
Vuestra locura de hermosos pergaminos excéntricos.
Vuestro delirio de juventud acelerada.
Vuestro cuerpo sometido a los placebos del viento.
Vuestra ignorancia titubeante de labios comprimidos.
Vuestra competición de alas frágiles entre aguas oscuras
sin fondo.
Vuestros sueños de demolición investidos.
Vuestras sedas sin permiso que ejercitan
rosas o copas sin terminar.
Vuestras correas máximas que producen electricidad.
Vuestras coronas de flores en lo profundo del océano.
Y vuestras anónimas peticiones y exigencias de danzas orientales.
No os importe
la saciedad de una belleza que se multiplica
entre obesidades letales. O aquellos depósitos invariables
de salitres y aromáticas orugas.
O la forma del cuerpo cuando se viste de seda.
Cuando el amor funde la armonía de los cuerpos.
Cuando los labios ocultan una mancillada amapola.
Cuando la luz olvida su secuencia de promesas y útiles
lapiceros.
Mientras el aire cálido exige su sacristía etílica.
Y el párroco invade los muslos de aguas condensadas.
Los labios, la mentira, el crepúsculo incesante.
Hasta llegar al último e impresionable diente roto-.
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