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Tiene cuerpo de mujer,
brillan sus ojos de gata,
rostro dulce que delata
digno anhelo de querer.
Miro y siento enloquecer
esa triste condición,
esa suerte de ambición
que en el silencio se aloja
y alimenta mi congoja,
mi futura perdición.
Porque su cuerpo me ignora
mientras sus ojos me evitan
y en su rostro se marchitan
los aires de seductora.
Su sonrisa encantadora
era un dardo envenenado
cuyo destino dorado
buscaba un blanco distinto.
¡Qué intrincado laberinto
es un amor despreciado!
Y mientras sueño con ella
mi corazón se apacigua.
Pero la paz es exigua
como el brillo de una estrella.
Y sucumbo a la querella
de un amargo sentimiento,
de un terrible pensamiento
portador de mi tristeza.
Que, para mí, su belleza
se convirtió en testamento.
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