Mientras tanto
Todo parece enorme
hasta que deja de serlo.
Esa es quizá
la lección más silenciosa
que repite la vida
sin cansarse.
Lo que hoy ocupa
el centro exacto del pensamiento,
mañana puede volverse
un borde,
una nota leve,
una sombra
que ya no exige explicación.
También el amor
obedece a esa ley.
Durante un tiempo
una persona altera
la gravedad entera de un día:
la luz cambia,
el cuerpo espera,
la imaginación construye
una continuidad
que parece natural.
Después,
sin estruendo,
algo se desplaza.
No siempre ocurre un final;
a veces solo cambia
la intensidad con que una verdad
permanece dentro.
Y cuesta aceptarlo
porque fuimos educados
para creer
que lo verdadero debía durar,
como si el tiempo
tuviera obligación
de respetar
lo que una vez fue sentido
con absoluta claridad.
Pero no.
El tiempo no corrige,
no explica,
no pide disculpas.
Solo mueve.
Mueve afectos,
mueve ideas,
mueve certezas,
mueve incluso
aquello que jurábamos
haber comprendido por fin.
Por eso tal vez
madurar no sea aprender a sostener,
sino aprender a no romperse
cada vez que algo cambia de lugar.
Una guerra parece decisiva
y meses después
el mundo vuelve a desayunar.
Una pérdida parece definitiva
y un día cualquiera
entra una calma mínima
sin pedir permiso.
Una herida
que parecía central
termina siendo
solo una capa más
de profundidad.
Nada desaparece del todo,
pero nada conserva
exactamente
la misma autoridad interior.
Quizá esa sea
la forma más honesta
de la continuidad:
no permanecer igual,
sino seguir
sin negar lo vivido.
Como la tierra,
que gira
sin anunciar cada cambio,
y aun así
modifica lentamente
la posición de todo.
Tal vez vivir bien
consista en parecerse un poco a eso:
moverse,
aunque por fuera
nadie note todavía
que dentro
ya empezó otra estación.
14/03/2026
Dikia©
Todo parece enorme
hasta que deja de serlo.
Esa es quizá
la lección más silenciosa
que repite la vida
sin cansarse.
Lo que hoy ocupa
el centro exacto del pensamiento,
mañana puede volverse
un borde,
una nota leve,
una sombra
que ya no exige explicación.
También el amor
obedece a esa ley.
Durante un tiempo
una persona altera
la gravedad entera de un día:
la luz cambia,
el cuerpo espera,
la imaginación construye
una continuidad
que parece natural.
Después,
sin estruendo,
algo se desplaza.
No siempre ocurre un final;
a veces solo cambia
la intensidad con que una verdad
permanece dentro.
Y cuesta aceptarlo
porque fuimos educados
para creer
que lo verdadero debía durar,
como si el tiempo
tuviera obligación
de respetar
lo que una vez fue sentido
con absoluta claridad.
Pero no.
El tiempo no corrige,
no explica,
no pide disculpas.
Solo mueve.
Mueve afectos,
mueve ideas,
mueve certezas,
mueve incluso
aquello que jurábamos
haber comprendido por fin.
Por eso tal vez
madurar no sea aprender a sostener,
sino aprender a no romperse
cada vez que algo cambia de lugar.
Una guerra parece decisiva
y meses después
el mundo vuelve a desayunar.
Una pérdida parece definitiva
y un día cualquiera
entra una calma mínima
sin pedir permiso.
Una herida
que parecía central
termina siendo
solo una capa más
de profundidad.
Nada desaparece del todo,
pero nada conserva
exactamente
la misma autoridad interior.
Quizá esa sea
la forma más honesta
de la continuidad:
no permanecer igual,
sino seguir
sin negar lo vivido.
Como la tierra,
que gira
sin anunciar cada cambio,
y aun así
modifica lentamente
la posición de todo.
Tal vez vivir bien
consista en parecerse un poco a eso:
moverse,
aunque por fuera
nadie note todavía
que dentro
ya empezó otra estación.
14/03/2026
Dikia©