Mínimos

Pessoa

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Moderadores
MÍNIMOS

Mínimo el quejido del almendro

cuando le arrancan la flor.


En las tardes opulentas de la vitrina entreabierta

los abanicos trazan arcos de violín sin partitura

y se produce el reflejo, mínimo,

del llanto sobre el espejo

que desgrana sus imágenes empolvadas,

ya de siglos.


Mínimo sobre el Gran Canal

el ondular de las aguas

cuando Casanova salta

y la góndola se estremece.


Arriba, entre lámparas lacrimosas,

con gatos agasajantes y brocados verde pálido,

la odalisca comprueba la suavidad de sus pechos,

y la elasticidad de los pentagramas

que denuncian cambios de ritmo imprevistos,

cuando el croar de las ranas interrumpe

los trémolos erizados.


Mientras, la orquestina de palacio ameniza la tarde

con los conciertos para violonchelo solo

de Juan Sebastián, claro está,

y los vidrios de Murano se oscurecen tras su ofrenda.


Mínima la gota de agua que se escapa

como un prisma de irisaciones elementales

bajo el lavabo que oculta

los voluptuosos rayos de sol.


El mundo renace cada minuto,

cada hora se escapa su piel escamosa,

la lluvia que no llega surca las frentes cautivas

con profundos pensamientos.


Es la hora.

Se hunden ya los esbeltos campaniles

y los gatos se refugian

bajo las púdicas faldas

de las muchachas en flor.


Los panteones antiguos se renuevan

y por la fuerza apocalíptica de los algoritmos de Verhoeff,

nacen los dioses difíciles

que doblegarán las viejas pasiones.


Llega el Gran Renacimiento del ser humano,

que por fin comprenderá

cómo son bellas las auroras boreales

y las crípticas pinturas de Hieronymus Bosch.


Mínimo es el llanto rojo del rubí desflorecido

íntimamente atravesado por un do sostenido menor

escapado del violoncelo que gime.


Mínimo el eco del susurro que se pierde

entre las hojas oxidadas

que recubren los pedestales,

dominando los crescendos

de las lluvias torrenciales.


Es Venecia.

Es el trópico apasionado.





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Es Venecia, mi querido Pessoa, descrita con la talentosa pincelada de su exultante lírica.
Mostrando con imágenes lo que el mundo siempre le ha reconocido, su indiscutible be-
lleza, refugio obligado de los verdaderos corazones amantes, artistas, intelectuales... ni
que decir... Un gusto recorrer la belleza de sus letras...

Lo saluda un amigo: El Gitano.​
 
MÍNIMOS

Mínimo el quejido del almendro

cuando le arrancan la flor.


En las tardes opulentas de la vitrina entreabierta

los abanicos trazan arcos de violín sin partitura

y se produce el reflejo, mínimo,

del llanto sobre el espejo

que desgrana sus imágenes empolvadas,

ya de siglos.


Mínimo sobre el Gran Canal

el ondular de las aguas

cuando Casanova salta

y la góndola se estremece.


Arriba, entre lámparas lacrimosas,

con gatos agasajantes y brocados verde pálido,

la odalisca comprueba la suavidad de sus pechos,

y la elasticidad de los pentagramas

que denuncian cambios de ritmo imprevistos,

cuando el croar de las ranas interrumpe

los trémolos erizados.


Mientras, la orquestina de palacio ameniza la tarde

con los conciertos para violonchelo solo

de Juan Sebastián, claro está,

y los vidrios de Murano se oscurecen tras su ofrenda.


Mínima la gota de agua que se escapa

como un prisma de irisaciones elementales

bajo el lavabo que oculta

los voluptuosos rayos de sol.


El mundo renace cada minuto,

cada hora se escapa su piel escamosa,

la lluvia que no llega surca las frentes cautivas

con profundos pensamientos.


Es la hora.

Se hunden ya los esbeltos campaniles

y los gatos se refugian

bajo las púdicas faldas

de las muchachas en flor.


Los panteones antiguos se renuevan

y por la fuerza apocalíptica de los algoritmos de Verhoeff,

nacen los dioses difíciles

que doblegarán las viejas pasiones.


Llega el Gran Renacimiento del ser humano,

que por fin comprenderá

cómo son bellas las auroras boreales

y las crípticas pinturas de Hieronymus Bosch.


Mínimo es el llanto rojo del rubí desflorecido

íntimamente atravesado por un do sostenido menor

escapado del violoncelo que gime.


Mínimo el eco del susurro que se pierde

entre las hojas oxidadas

que recubren los pedestales,

dominando los crescendos

de las lluvias torrenciales.


Es Venecia.

Es el trópico apasionado.





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Es realmente una preciosa y exuberante descripción de Venecia, gran obra que es un placer leer, realmente brillante tu estilo querido amigo Miguel, enhorabuena. Saludos, que vaya todo muy bien.
 
MÍNIMOS

Mínimo el quejido del almendro

cuando le arrancan la flor.


En las tardes opulentas de la vitrina entreabierta

los abanicos trazan arcos de violín sin partitura

y se produce el reflejo, mínimo,

del llanto sobre el espejo

que desgrana sus imágenes empolvadas,

ya de siglos.


Mínimo sobre el Gran Canal

el ondular de las aguas

cuando Casanova salta

y la góndola se estremece.


Arriba, entre lámparas lacrimosas,

con gatos agasajantes y brocados verde pálido,

la odalisca comprueba la suavidad de sus pechos,

y la elasticidad de los pentagramas

que denuncian cambios de ritmo imprevistos,

cuando el croar de las ranas interrumpe

los trémolos erizados.


Mientras, la orquestina de palacio ameniza la tarde

con los conciertos para violonchelo solo

de Juan Sebastián, claro está,

y los vidrios de Murano se oscurecen tras su ofrenda.


Mínima la gota de agua que se escapa

como un prisma de irisaciones elementales

bajo el lavabo que oculta

los voluptuosos rayos de sol.


El mundo renace cada minuto,

cada hora se escapa su piel escamosa,

la lluvia que no llega surca las frentes cautivas

con profundos pensamientos.


Es la hora.

Se hunden ya los esbeltos campaniles

y los gatos se refugian

bajo las púdicas faldas

de las muchachas en flor.


Los panteones antiguos se renuevan

y por la fuerza apocalíptica de los algoritmos de Verhoeff,

nacen los dioses difíciles

que doblegarán las viejas pasiones.


Llega el Gran Renacimiento del ser humano,

que por fin comprenderá

cómo son bellas las auroras boreales

y las crípticas pinturas de Hieronymus Bosch.


Mínimo es el llanto rojo del rubí desflorecido

íntimamente atravesado por un do sostenido menor

escapado del violoncelo que gime.


Mínimo el eco del susurro que se pierde

entre las hojas oxidadas

que recubren los pedestales,

dominando los crescendos

de las lluvias torrenciales.


Es Venecia.

Es el trópico apasionado.





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con ese pasaje nos dejas una gran ovación, grato leerte
 
MÍNIMOS

Mínimo el quejido del almendro

cuando le arrancan la flor.


En las tardes opulentas de la vitrina entreabierta

los abanicos trazan arcos de violín sin partitura

y se produce el reflejo, mínimo,

del llanto sobre el espejo

que desgrana sus imágenes empolvadas,

ya de siglos.


Mínimo sobre el Gran Canal

el ondular de las aguas

cuando Casanova salta

y la góndola se estremece.


Arriba, entre lámparas lacrimosas,

con gatos agasajantes y brocados verde pálido,

la odalisca comprueba la suavidad de sus pechos,

y la elasticidad de los pentagramas

que denuncian cambios de ritmo imprevistos,

cuando el croar de las ranas interrumpe

los trémolos erizados.


Mientras, la orquestina de palacio ameniza la tarde

con los conciertos para violonchelo solo

de Juan Sebastián, claro está,

y los vidrios de Murano se oscurecen tras su ofrenda.


Mínima la gota de agua que se escapa

como un prisma de irisaciones elementales

bajo el lavabo que oculta

los voluptuosos rayos de sol.


El mundo renace cada minuto,

cada hora se escapa su piel escamosa,

la lluvia que no llega surca las frentes cautivas

con profundos pensamientos.


Es la hora.

Se hunden ya los esbeltos campaniles

y los gatos se refugian

bajo las púdicas faldas

de las muchachas en flor.


Los panteones antiguos se renuevan

y por la fuerza apocalíptica de los algoritmos de Verhoeff,

nacen los dioses difíciles

que doblegarán las viejas pasiones.


Llega el Gran Renacimiento del ser humano,

que por fin comprenderá

cómo son bellas las auroras boreales

y las crípticas pinturas de Hieronymus Bosch.


Mínimo es el llanto rojo del rubí desflorecido

íntimamente atravesado por un do sostenido menor

escapado del violoncelo que gime.


Mínimo el eco del susurro que se pierde

entre las hojas oxidadas

que recubren los pedestales,

dominando los crescendos

de las lluvias torrenciales.


Es Venecia.

Es el trópico apasionado.





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Ver la "Salute" entre nieblas, dejar viajar esas mariposas entre los
sotoportegos e interponer un sueño donde las densidades se mezclan.
Descripciones, formas y sensaciones de una arquitectura que abierta
en jadeo envolvente de imagenes. bellissimo. saludos de luzyabsenta
 
Hola, Gitano, mi querido amigo: nuevamente me haces disfrutar con las amabilísimas palabras de tu comentario. Verdaderamente para algunos espíritus Venecia es un polo de atracción espiritual y estético, que mueve sentimientos e inclina al ser humano hacia la bondad y excelencia de lo Bello. Me alegra que mis versos te hayan asimismo hecho disfrutar de esa universal presencia. Un cordial abrazo,
miguel
 
Serán mínimos, pero están transidos de belleza, como todos sus versos.
Me gusta leerte, aunque como bien sabes, el surrealismo de me cuela entre los dedos y a veces no consigo atraparlo.

Abrazosybesos.
 
Hola, TribuZen. Muchas gracias por tu presencia y halagador comentario. Desde luego el tema de Venecia como motivo de inspiración es inagotable, desde cualquier vertiente que lo trates. es una especie de vitamina espiritual que hay que tomar en pequeñas dosis y cuando se está muy necesitado, porque si no puedes caer en el síndrome de Stendhal. Un abrazo, querido compañero.
miguel
 
Carlos, mi querido amigo. Venecia es el paradigma de todos los sueños que duermen en el alma del artista; cualquier aleteo de palomas o de esas mariposas que tú citas puede hacer que se animen y tomen cuerpo. No de otra forma han podido nacer La Salute, San Marcos, Rialto, El Lido o la Giudecca; incluso la apoteosis de su Carnaval. Y algunos de esos retazos de sueño nos llegan a quienes la añoramos. Un abrazo, amigo,
miguel
 
Mi querida Eratalia: qué grata sorpresa recibir tu visita. En este poema de "mínimos" constituyes un "máximo". Siempre habré de recordarte que esta poesía tiene algo de "diferente"; no se escapa por entre los dedos, porque nunca las manos, aunque sean manos de mujer, pueden atrapar los sueños. Y de eso se trata, de soñar palabras que sueñan ciertas formas de sueños. A veces dejan sus rastro de aromas que buscan su piel adecuada. Es tan sencillo que ni siquiera yo lo entiendo o_O:(:rolleyes:. Un besibrazo feliz.
miguel
 

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