Declinando un arcoiris de espectro dodecafónico
los vidrios del cristalino yacen en las brasas de los horizontes en llamas.
Estallan los cristales de las lápidas como voraces calaveras
pisoteadas por legiones de hemípteros acorazados.
Avanzan entre los filosos cantorales
que recuerdan apenas las canciones de los muertos
despejando los polvos y los lodos que los cubren
como años de silencios.
En la ciudad los truenos de los tranvías que retornan
fracturan las luces del otoño suburbano
alguien canta iluminadas teorías del absurdo cotidiano
que acompaña al café de mediatarde o al descarado mirar tras la ventana.
Cantan digestas bizantinas como tangos de arrabal
Cantan las muchachas florentinas tocadas con guirnaldas florecidas
mientras las miradas que llegan locuaces como gallos
se estrellan en los incomprensibles versos de los conspicuos goliardos.
Las roturas de trazado parabólico
de aquellos vidrios que relumbran en las ventas elevadas
buscan su asíntota entre el gentío ajeno a tanto crimen urbano
como te busco yo a tí bajo las faldas evasivas
o los dorados reflejos de las bebidas de fuego.
Miradas rotas por el sueño de lo impenetrable
devueltas sin remitente a las pezuñas equinas
o a las caricias sin dueño ni destino
caricias como miradas ciegas
rotas ya antes de salir del ojo.
Ilust.: Marcel Duchamp. “El rey y la reina rodeados por desnudos veloces”. 1912
los vidrios del cristalino yacen en las brasas de los horizontes en llamas.
Estallan los cristales de las lápidas como voraces calaveras
pisoteadas por legiones de hemípteros acorazados.
Avanzan entre los filosos cantorales
que recuerdan apenas las canciones de los muertos
despejando los polvos y los lodos que los cubren
como años de silencios.
En la ciudad los truenos de los tranvías que retornan
fracturan las luces del otoño suburbano
alguien canta iluminadas teorías del absurdo cotidiano
que acompaña al café de mediatarde o al descarado mirar tras la ventana.
Cantan digestas bizantinas como tangos de arrabal
Cantan las muchachas florentinas tocadas con guirnaldas florecidas
mientras las miradas que llegan locuaces como gallos
se estrellan en los incomprensibles versos de los conspicuos goliardos.
Las roturas de trazado parabólico
de aquellos vidrios que relumbran en las ventas elevadas
buscan su asíntota entre el gentío ajeno a tanto crimen urbano
como te busco yo a tí bajo las faldas evasivas
o los dorados reflejos de las bebidas de fuego.
Miradas rotas por el sueño de lo impenetrable
devueltas sin remitente a las pezuñas equinas
o a las caricias sin dueño ni destino
caricias como miradas ciegas
rotas ya antes de salir del ojo.
Ilust.: Marcel Duchamp. “El rey y la reina rodeados por desnudos veloces”. 1912