David Méndez Giménez
Poeta recién llegado
Salgo a la terraza, el sol ya se deja entrever entre las hojas, y con la lentitud propia de
un sábado por la mañana, me apoyo en la barandilla que guarda aún el frío de la noche.
Tras inspirar durante unos breves segundos e intentar silenciar a la voz de mis obligaciones,
que me dicta sin cesar lo que debería estar haciendo, observo con mis ojos aún adormecidos
el fluir de la gente que transita por la rambla, ajena a mi mirada indiscreta.
-“Hay bastante gente, para ser tan temprano”, pienso en mis adentros. Y es que para ser
febrero hace bastante buena temperatura, la verdad es que apetece salir.
Es raro no poder ver las expresiones de la gente, aunque en general, predominan las miradas
cansadas; miradas agobiadas por esta situación que vivimos, incluso algunas sumisas y
pesimistas al borde de una lágrima retenida a la fuerza, tal vez por el qué dirán, por la
necesidad de seguir adelante, o quizás porque es más fácil rechazar aquello que sentimos con
tal de crearnos una utopía propia, donde llegar a ser en cierto modo, felices.
Pero entre todas ellas, hay dos que destacan. Al resguardo del sol y en un banco parcialmente
descolorido, se encuentra con las manos entrelazadas, una pareja mayor. El hombre, se ve
cansado y de vez en cuando se quita la boina para abanicarse, y deja así al descubierto, una
estela canosa, que en algún momento pudo ser una tupida cabellera. Por su parte, la mujer,
viste alegre y dibuja una expresión que invita a imaginar una cálida sonrisa.
Es curioso, hay algo en esa mirada que me cautiva y me fascina. Un algo que va más allá del
plano físico, un algo que soy incapaz de nombrar
¿Qué esconderá esa mirada?¿Tal vez la nostalgia de un amor adolescente?¿O quizá, cierta
satisfacción?¿Tranquilidad?
Sigo observando esa mirada que parece pertenecer a otro mundo y que mi mente, no puede
sino imaginar cuantas veces se habrá repetido ese cruce de miradas...
Puede que su historia empezara cuando aún no eran más que dos jóvenes con toda la vida por
delante, una noche cálida de verano. Me imagino también, los muchos problemas que
tuvieron en épocas cuando todo era más difícil. Los nervios el día de su boda, su primer hijo
(o no)...sus discusiones, sus días buenos y sus días malos. Los puntos críticos superados. La
pasión, la confianza, la conexión, las pequeñas mentiras y las grandes verdades.
Pero es evidente, que ahora y tras toda una vida juntos, ya no queda de esa tan amada pasión,
mas resta un entendimiento de magnitudes incalculables y una paz absoluta.
Esa mirada, esa mirada que antes fue pasión y nervio, ahora es paz y serenidad. Esa mirada
que a lo largo de los años se ha ido transformando, ha sido siempre y será hasta el último día:
amor.
un sábado por la mañana, me apoyo en la barandilla que guarda aún el frío de la noche.
Tras inspirar durante unos breves segundos e intentar silenciar a la voz de mis obligaciones,
que me dicta sin cesar lo que debería estar haciendo, observo con mis ojos aún adormecidos
el fluir de la gente que transita por la rambla, ajena a mi mirada indiscreta.
-“Hay bastante gente, para ser tan temprano”, pienso en mis adentros. Y es que para ser
febrero hace bastante buena temperatura, la verdad es que apetece salir.
Es raro no poder ver las expresiones de la gente, aunque en general, predominan las miradas
cansadas; miradas agobiadas por esta situación que vivimos, incluso algunas sumisas y
pesimistas al borde de una lágrima retenida a la fuerza, tal vez por el qué dirán, por la
necesidad de seguir adelante, o quizás porque es más fácil rechazar aquello que sentimos con
tal de crearnos una utopía propia, donde llegar a ser en cierto modo, felices.
Pero entre todas ellas, hay dos que destacan. Al resguardo del sol y en un banco parcialmente
descolorido, se encuentra con las manos entrelazadas, una pareja mayor. El hombre, se ve
cansado y de vez en cuando se quita la boina para abanicarse, y deja así al descubierto, una
estela canosa, que en algún momento pudo ser una tupida cabellera. Por su parte, la mujer,
viste alegre y dibuja una expresión que invita a imaginar una cálida sonrisa.
Es curioso, hay algo en esa mirada que me cautiva y me fascina. Un algo que va más allá del
plano físico, un algo que soy incapaz de nombrar
¿Qué esconderá esa mirada?¿Tal vez la nostalgia de un amor adolescente?¿O quizá, cierta
satisfacción?¿Tranquilidad?
Sigo observando esa mirada que parece pertenecer a otro mundo y que mi mente, no puede
sino imaginar cuantas veces se habrá repetido ese cruce de miradas...
Puede que su historia empezara cuando aún no eran más que dos jóvenes con toda la vida por
delante, una noche cálida de verano. Me imagino también, los muchos problemas que
tuvieron en épocas cuando todo era más difícil. Los nervios el día de su boda, su primer hijo
(o no)...sus discusiones, sus días buenos y sus días malos. Los puntos críticos superados. La
pasión, la confianza, la conexión, las pequeñas mentiras y las grandes verdades.
Pero es evidente, que ahora y tras toda una vida juntos, ya no queda de esa tan amada pasión,
mas resta un entendimiento de magnitudes incalculables y una paz absoluta.
Esa mirada, esa mirada que antes fue pasión y nervio, ahora es paz y serenidad. Esa mirada
que a lo largo de los años se ha ido transformando, ha sido siempre y será hasta el último día:
amor.