Mis versos son mudos.
No porque no tengan cosas que decir,
sino porque aprendieron que hay silencios
que gritan mucho más que las palabras.
Antes escribía para que me entendieran.
Ahora escribo para no romperme.
Y es extraño…
porque hay noches donde quisiera contarte todo,
abrirte el pecho y dejar mis heridas encima de la mesa,
pero termino enviando un “cuídate”
cuando en realidad quería decir
“Quédate un poco más,
aunque sea hasta que deje de dolerme el mundo.”
Mis versos son mudos
porque nacieron cansados.
Cansados de llegar tarde,
de abrazar recuerdos,
de sobrevivir personas que prometieron quedarse.
A veces parecen simples frases,
pero si los lees despacio
vas a notar que detrás de cada punto
hay una despedida que no superé del todo.
Yo también quise escribir poemas felices,
de esos que huelen a domingo, a café compartido,
a futuro.
Pero la vida me enseñó a escribir desde las grietas,
y uno no elige dónde le tiembla el alma.
Por eso mis versos no hacen ruido.
No necesitan hacerlo.
Se parecen más a esa mirada que se pierde en la ventana,
a ese mensaje escrito y borrado veinte veces,
a la respiración profunda de quien está intentando no llorar.
Y quizá nadie lo note,
pero cada vez que escribo “estoy bien”,
mis poemas bajan la cabeza
como si acabaran de escuchar la mentira más triste del mundo.
No porque no tengan cosas que decir,
sino porque aprendieron que hay silencios
que gritan mucho más que las palabras.
Antes escribía para que me entendieran.
Ahora escribo para no romperme.
Y es extraño…
porque hay noches donde quisiera contarte todo,
abrirte el pecho y dejar mis heridas encima de la mesa,
pero termino enviando un “cuídate”
cuando en realidad quería decir
“Quédate un poco más,
aunque sea hasta que deje de dolerme el mundo.”
Mis versos son mudos
porque nacieron cansados.
Cansados de llegar tarde,
de abrazar recuerdos,
de sobrevivir personas que prometieron quedarse.
A veces parecen simples frases,
pero si los lees despacio
vas a notar que detrás de cada punto
hay una despedida que no superé del todo.
Yo también quise escribir poemas felices,
de esos que huelen a domingo, a café compartido,
a futuro.
Pero la vida me enseñó a escribir desde las grietas,
y uno no elige dónde le tiembla el alma.
Por eso mis versos no hacen ruido.
No necesitan hacerlo.
Se parecen más a esa mirada que se pierde en la ventana,
a ese mensaje escrito y borrado veinte veces,
a la respiración profunda de quien está intentando no llorar.
Y quizá nadie lo note,
pero cada vez que escribo “estoy bien”,
mis poemas bajan la cabeza
como si acabaran de escuchar la mentira más triste del mundo.