Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Despejado, siamés de la noche,
casi lámpara para los ojos que se hunden
al buscar la eclosión de su mirada.
La raíz a ras de sombra, lumbre de telaraña
en ascenso, geotrópica y cazadora.
El punto de ebullición
antes de escupir por las orejas su fatuidad,
pero antes todavía
la invertebrada columna que se arrastra
por los túneles del aire,
tronco indiferenciable del relámpago
y de la hendidura en la piedra,
y del agua que se duele de sus márgenes,
de sus metamorfosis,
de su instinto mineral de puro origen.
Pero la voz ahí, sobre todo, agazapada.
Voz de tuétano de hueso tallado en punta
dispuesto a herir los pájaros del sol
para amanecer sin día los martes.
No tan limpio, diáfano menos, prístino nada:
que lo digan los oradores horadadores
que me tosen en el rostro el yeso de los ídolos
ante los que me prosterno para ser iguales.
Para ser otro
me acuesto en mi cadáver y viajo.
Clase turista, millas de vuelo, la diarrea.
Todo es sospecha del mar, amenaza:
en la punta de mis dedos y los cuerpos de ella,
en las cortinas y la muerte.
Entonces el óbolo, la dulce píldora, el soma.
Poema que no fecunda lirios,
poesía de habitar que renuncia a su vital adherencia
para advertirse en los cristales,
fragmentos de luz que pontifican,
pero no responden.
No responden. No responderán nunca.
Pero lo sé. Sé eso. Eso soy.
Empiezo a turbar el espejo con el ganglio
y sonrío pleno de complicidad con mis dientes
y tiembla de frío el cuchillo del reloj a lo lejos.
Ha llegado temprano la tarde
y el momento es ahora que es siempre.
casi lámpara para los ojos que se hunden
al buscar la eclosión de su mirada.
La raíz a ras de sombra, lumbre de telaraña
en ascenso, geotrópica y cazadora.
El punto de ebullición
antes de escupir por las orejas su fatuidad,
pero antes todavía
la invertebrada columna que se arrastra
por los túneles del aire,
tronco indiferenciable del relámpago
y de la hendidura en la piedra,
y del agua que se duele de sus márgenes,
de sus metamorfosis,
de su instinto mineral de puro origen.
Pero la voz ahí, sobre todo, agazapada.
Voz de tuétano de hueso tallado en punta
dispuesto a herir los pájaros del sol
para amanecer sin día los martes.
No tan limpio, diáfano menos, prístino nada:
que lo digan los oradores horadadores
que me tosen en el rostro el yeso de los ídolos
ante los que me prosterno para ser iguales.
Para ser otro
me acuesto en mi cadáver y viajo.
Clase turista, millas de vuelo, la diarrea.
Todo es sospecha del mar, amenaza:
en la punta de mis dedos y los cuerpos de ella,
en las cortinas y la muerte.
Entonces el óbolo, la dulce píldora, el soma.
Poema que no fecunda lirios,
poesía de habitar que renuncia a su vital adherencia
para advertirse en los cristales,
fragmentos de luz que pontifican,
pero no responden.
No responden. No responderán nunca.
Pero lo sé. Sé eso. Eso soy.
Empiezo a turbar el espejo con el ganglio
y sonrío pleno de complicidad con mis dientes
y tiembla de frío el cuchillo del reloj a lo lejos.
Ha llegado temprano la tarde
y el momento es ahora que es siempre.
27 de junio de 2020