Morder la fruta...

Julius 1200

Poeta fiel al portal
Te cuento que apenas me enamoré,
fue como caer de punta, en un fárrago.
Salí y anduve como un mendigo, solitario
y sin amigos.
Soñaba con una barca conducida por
un Barbudo de figurita.
Con mi cara seca o reseca y con
ojos como dos huevos duros,
todo aquello era peliagudo.
No ganaba con mi pobres ventas ni
un peso para remedios.
No podía andar ni diez pasos sin
pensar en mi desgracia.
Y a pesar de todo, aquello me hacía gracia.
Pues a la mujer de mi amores no
le causaban
temblores padecer de mi desgracia.
Vivíamos en un altillo parecido a
un precipicio.
Al bajar por la escalera podía uno
quedar lisiado.
Pero te cuento que, a lado de la de al lado, no se
le movía un pelo.
Eso si, de tan cariñosa era espantosa.
¿No era esta mujer asombrosa?
Sólo pensaba en comprarse cosas,
en las tiendas la conocía hasta el guarda
de cada día.
Yo estaba muy preocupado, iba por todas partes
ensimismado, desesperando por soluciónes.
¿Pero vaya uno a saber en lo que pueda llegar
a derivar semejante situación?
Y un buen día ocurrió lo inexplicable.
Me levanté muy temprano y volví muy tarde.
Había ganado dinero y quería darle a ella una alegría.
Pero me llevé una sorpresa. No sólo faltaba su
presencia, tampoco vi su sombra, ni hallé el
menor rastro de su inocultable pereza...
 
Última edición:
Te cuento que apenas me enamoré,
fue como caer de punta, en un fárrago.
Salí y anduve como un mendigo, solitario
y sin amigos.
Soñaba con una barca conducida por
un Barbudo de figurita.
Con mi cara seca o reseca y con
ojos como dos huevos duros,
todo aquello era peliagudo.
No ganaba con mi pobres ventas ni
un peso para remedios.
No podía andar ni diez pasos sin
pensar en mi desgracia.
Y a pesar de todo, aquello me hacía gracia.
Pues a la mujer de mi amores no
le causaban
temblores padecer de mi desgracia.
Vivíamos en un altillo parecido a
un precipicio.
Al bajar por la escalera podía uno
quedar lisiado.
Pero te cuento que, a lado de la de al lado, no se
le movía un pelo.
Eso si, de tan cariñosa era espantosa.
¿No era esta mujer asombrosa?
Sólo pensaba en comprarse cosas,
en las tiendas la conocía hasta el guarda
de cada día.
Yo estaba muy preocupado, iba por todas partes
ensimismado, desesperando por soluciónes.
¿Pero vaya uno a saber en lo que pueda llegar
a derivar semejante situación?
Y un buen día ocurrió lo inexplicable.
Me levanté muy temprano y volví muy tarde.
Había ganado dinero y quería darle a ella una alegría.
Pero me llevé una sorpresa. No sólo faltaba su
presencia, tampoco vi su sombra, ni hallé el
menor rastro de su inocultable pereza...
Te cuento que apenas me enamoré,
fue como caer de punta, en un fárrago.
Salí y anduve como un mendigo, solitario
y sin amigos.
Soñaba con una barca conducida por
un Barbudo de figurita.
Con mi cara seca o reseca y con
ojos como dos huevos duros,
todo aquello era peliagudo.
No ganaba con mi pobres ventas ni
un peso para remedios.
No podía andar ni diez pasos sin
pensar en mi desgracia.
Y a pesar de todo, aquello me hacía gracia.
Pues a la mujer de mi amores no
le causaban
temblores padecer de mi desgracia.
Vivíamos en un altillo parecido a
un precipicio.
Al bajar por la escalera podía uno
quedar lisiado.
Pero te cuento que, a lado de la de al lado, no se
le movía un pelo.
Eso si, de tan cariñosa era espantosa.
¿No era esta mujer asombrosa?
Sólo pensaba en comprarse cosas,
en las tiendas la conocía hasta el guarda
de cada día.
Yo estaba muy preocupado, iba por todas partes
ensimismado, desesperando por soluciónes.
¿Pero vaya uno a saber en lo que pueda llegar
a derivar semejante situación?
Y un buen día ocurrió lo inexplicable.
Me levanté muy temprano y volví muy tarde.
Había ganado dinero y quería darle a ella una alegría.
Pero me llevé una sorpresa. No sólo faltaba su
presencia, tampoco vi su sombra, ni hallé el
menor rastro de su inocultable pereza...
 
Te cuento que apenas me enamoré,
fue como caer de punta, en un fárrago.
Salí y anduve como un mendigo, solitario
y sin amigos.
Soñaba con una barca conducida por
un Barbudo de figurita.
Con mi cara seca o reseca y con
ojos como dos huevos duros,
todo aquello era peliagudo.
No ganaba con mi pobres ventas ni
un peso para remedios.
No podía andar ni diez pasos sin
pensar en mi desgracia.
Y a pesar de todo, aquello me hacía gracia.
Pues a la mujer de mi amores no
le causaban
temblores padecer de mi desgracia.
Vivíamos en un altillo parecido a
un precipicio.
Al bajar por la escalera podía uno
quedar lisiado.
Pero te cuento que, a lado de la de al lado, no se
le movía un pelo.
Eso si, de tan cariñosa era espantosa.
¿No era esta mujer asombrosa?
Sólo pensaba en comprarse cosas,
en las tiendas la conocía hasta el guarda
de cada día.
Yo estaba muy preocupado, iba por todas partes
ensimismado, desesperando por soluciónes.
¿Pero vaya uno a saber en lo que pueda llegar
a derivar semejante situación?
Y un buen día ocurrió lo inexplicable.
Me levanté muy temprano y volví muy tarde.
Había ganado dinero y quería darle a ella una alegría.
Pero me llevé una sorpresa. No sólo faltaba su
presencia, tampoco vi su sombra, ni hallé el
menor rastro de su inocultable pereza...


Pues le tocó la lotería, finalmente, Más visión de futuro para la próxima vez... jajaja!!!
 
Estimada y recién llegada y bienvenida Valeria, suceden cosas sorprendentes ¿verdad? Cualquiera se lleva un chasco...y habrá que aprender. Gracias por tu sentido del humor. Saludo amiga. Un abrazo fraterno y mucha suerte. Julius 1200
 

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