chia
Poeta recién llegado
Me enamoré de esa morena, más alta que una palmera,
con el viento de la playa golpeando sus hojas,
y la curva de su tronco que la sostiene en las noches de tormenta,
donde las olas no pueden tocarla,
pero tal vez los cangrejos a su lado sí le muestran
el sabor de esa agua salada,
una que quema el alma,
quizás por ese anhelo de estar junto al mar,
de ver esa figura flotando desde las profundidades de mi alma.
Los marineros y buscadores de aventuras
no saben de dónde salió esa mujer.
Unos dicen que el mar la escupió en una noche de luna llena,
otros que fue una sirena,
y los más atrevidos aseguran que vino al mundo
solo para robar el corazón de aquel vulnerable a su hechizo.
Como un pez atrapado en una atarraya,
su mirada te consume, y nunca puedes volver.
Te dicen que no mires a sus ojos,
que no devuelvas su sonrisa al aire,
porque si te atrapa, serás su perdición.
No sabes si esa perdición te da la vida o te la arrebata,
pero verla es como ver el encanto en persona,
un coqueteo sutil que cambia el color de tu piel,
rojo pasión,
su voz, como el susurro de una caracola,
su sonrisa, una perla que ilumina el mundo.
Es una mujer con carácter,
más fuerte que diez hombres juntos,
no se deja atrapar por palabras vacías.
Tiene un pensamiento propio,
una inteligencia inalcanzable que te hace sentir
que estás conociendo un mundo nuevo,
un mundo que te empuja a dejar tu huella en él.
Me quedé mirándola,
quizás tratando de descifrar su anatomía,
como un mapa con puntos clave,
donde el tesoro se esconde en su ser.
Me dijeron que es tan hermosa que quema,
más que el hierro en carne viva.
Su cuerpo tiene lunares,
uno grande en el abdomen,
como un mapa colonial que invita a perderse.
Y su belleza… es tan única,
que te hace desearla, sentirte afortunado solo por verla.
La toqué,
y ese toque fue como el cielo,
tan húmedo como los páramos colombianos,
tan profundo como el río que recorre sus tierras.
Probarla… es el agua de la vida.
No hay mujer como ella,
con todas esas virtudes y misterios.
Yo no hice caso a las advertencias.
La miré,
le devolví su sonrisa al aire,
y caí en su atarraya.
Le mostré mi mundo,
y quise que me mostrara el suyo.
Su pensamiento me dio una nueva perspectiva de la vida,
me hizo amarla,
y se convirtió en mi mundo.
Pude estar con ella,
tocarla,
y quedé atrapado en su belleza.
Me enamoré de esa morena.
con el viento de la playa golpeando sus hojas,
y la curva de su tronco que la sostiene en las noches de tormenta,
donde las olas no pueden tocarla,
pero tal vez los cangrejos a su lado sí le muestran
el sabor de esa agua salada,
una que quema el alma,
quizás por ese anhelo de estar junto al mar,
de ver esa figura flotando desde las profundidades de mi alma.
Los marineros y buscadores de aventuras
no saben de dónde salió esa mujer.
Unos dicen que el mar la escupió en una noche de luna llena,
otros que fue una sirena,
y los más atrevidos aseguran que vino al mundo
solo para robar el corazón de aquel vulnerable a su hechizo.
Como un pez atrapado en una atarraya,
su mirada te consume, y nunca puedes volver.
Te dicen que no mires a sus ojos,
que no devuelvas su sonrisa al aire,
porque si te atrapa, serás su perdición.
No sabes si esa perdición te da la vida o te la arrebata,
pero verla es como ver el encanto en persona,
un coqueteo sutil que cambia el color de tu piel,
rojo pasión,
su voz, como el susurro de una caracola,
su sonrisa, una perla que ilumina el mundo.
Es una mujer con carácter,
más fuerte que diez hombres juntos,
no se deja atrapar por palabras vacías.
Tiene un pensamiento propio,
una inteligencia inalcanzable que te hace sentir
que estás conociendo un mundo nuevo,
un mundo que te empuja a dejar tu huella en él.
Me quedé mirándola,
quizás tratando de descifrar su anatomía,
como un mapa con puntos clave,
donde el tesoro se esconde en su ser.
Me dijeron que es tan hermosa que quema,
más que el hierro en carne viva.
Su cuerpo tiene lunares,
uno grande en el abdomen,
como un mapa colonial que invita a perderse.
Y su belleza… es tan única,
que te hace desearla, sentirte afortunado solo por verla.
La toqué,
y ese toque fue como el cielo,
tan húmedo como los páramos colombianos,
tan profundo como el río que recorre sus tierras.
Probarla… es el agua de la vida.
No hay mujer como ella,
con todas esas virtudes y misterios.
Yo no hice caso a las advertencias.
La miré,
le devolví su sonrisa al aire,
y caí en su atarraya.
Le mostré mi mundo,
y quise que me mostrara el suyo.
Su pensamiento me dio una nueva perspectiva de la vida,
me hizo amarla,
y se convirtió en mi mundo.
Pude estar con ella,
tocarla,
y quedé atrapado en su belleza.
Me enamoré de esa morena.