muerte y lo que sigue

jose villa

Poeta que considera el portal su segunda casa

me van a poner calzoncillos limpios,

calcetines oscuros con diseño a rombos
y los zapatos negros que sólo me puse dos veces
-y quedaron por años arrumbados al fondo del armario-
me van a poner una camisa de color blanco
recién lavada y planchada y abotonada hasta arriba,
corbata negra o azul marino anudada con fuerza,
un traje negro que desprenderá cierto olorcillo a naftalina
y pantalones negros de poliéster
-a lo mejor me aplican un poco de desodorante en los sobacos
y me rocían con perfume el pecho y el cuello-
me van a echar fijador en mi escaso pelo
y me lo peinarán hacia atrás;
luego van a meterme bien derecho en el cajón
bocarriba y con los brazos pegados a los costados
-espero que pongan una almohadilla bajo mi cabeza
para no estar tan tirante del cuello-
van a sacar los muebles de la sala y en su lugar
pondrán sillas de plástico arrimadas a las paredes
y en medio colocarán el cajón conmigo adentro;
allí seré velado toda la noche y hasta temprano en la mañana
y después me subirán a un carro y me llevarán a la iglesia
donde celebrarán una misa de difuntos por el eterno descanso
de mi promiscuo y poético espíritu;
concluída la misa seré transportado al cementerio
y metido dentro de un agujero en la tierra;
-probablemente ocurra un poco después de mediodía
y haga un poco de calor y algunos de los dolientes
lleguen a desear no haber asistido-
quizás entonces mi viuda pronuncie unas palabras
para dejar constancia de mi condición de esposo ejemplar,
o alguno de mis amigos cuente una estúpida anécdota
donde busque reflejar sin conseguirlo
el maravilloso tipo que fui yo en calidad de amigo
-para entonces el sepulturero ya estará preguntándose
"cuándo terminarán estos maricones de tirar el puto rollo:
total, el hijo de puta allí abajo ya ni los oye"-;
antes de que la tierra comience a caerme encima
no faltará la clásica y conmovedora escena final
que suele presenciarse en todos los jodidos entierros:
alguien arrojará una flor al fondo de mi tumba;
y con la flor entraré en el reino del silencio
y cruzaré la fúlgida noche del espíritu
y surcaré el olvido en alas de libertad
y correré por las llanuras de la eternidad cual corcel indómito
anhelando alcanzar las últimas cumbres del infinito

eso si no me hacen mierda los putos gusanos





 
Final inevitable, estimado poeta. Según reza una seudopoesía de un tal Siprés, los gusanos autofagocitan sus/nuestros genes hasta que desaparecemos por completo y no hay dios entonces que pueda elevar nuestra osamenta.
Le aseguro que me he visto en este relato suyo.

Desde el más allá...

don Siprés
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba