Osidiria
Poeta asiduo al portal
La noche más descarnada y cruel fue quien enseño a esa mujer de lengua azul
a maldecir y besar sin conciencia, fruto de una mala educación y una vida de malos tratos
por parte de un padre borracho y una madre prostituta que cada noche
se ganaba el jornal en la habitación pareja a la suya donde ella fingía dormir
tiritando de frío y casi siempre sin cenar.
Cada mañana se arrepentía de su carácter tosco y salvaje pero no podía impedir
que una llamarada del infierno se le colase por las costillas y se alojase
en lo más profundo de su ser.
El día que nos conocimos me invito a su piso, en realidad un apartamento pequeño,
pero coqueto y lleno de luz, por el cual no se podía ni dar un paso sin tropezar
con algunos de los muchos chismes y cachivaches que había por todos lados,
“soy ladrona compulsiva” me confesó, “pero no te preocupes,
contigo mi mano está tranquila y presiento que no te voy a robar nada”.
Cenamos en la terraza a la luz de una vela algo que sacó del frigorífico
muy posiblemente pasado de fecha y después hicimos el amor
toda la noche hasta el amanecer.
A la mañana siguiente, cuando nos despedimos con un beso
bajo el umbral de su puerta,
me dijo al oído “ojalá nos volvamos a ver” y cerró la puerta.
Debo decir que cumplió su palabra, no me quitó nada, salvo una cosa
que advertí bajando las escaleras,
un gran vacío en mi pecho, y es que aquella mujer sin conciencia
me robó el corazón.
***
**
*
a maldecir y besar sin conciencia, fruto de una mala educación y una vida de malos tratos
por parte de un padre borracho y una madre prostituta que cada noche
se ganaba el jornal en la habitación pareja a la suya donde ella fingía dormir
tiritando de frío y casi siempre sin cenar.
Cada mañana se arrepentía de su carácter tosco y salvaje pero no podía impedir
que una llamarada del infierno se le colase por las costillas y se alojase
en lo más profundo de su ser.
El día que nos conocimos me invito a su piso, en realidad un apartamento pequeño,
pero coqueto y lleno de luz, por el cual no se podía ni dar un paso sin tropezar
con algunos de los muchos chismes y cachivaches que había por todos lados,
“soy ladrona compulsiva” me confesó, “pero no te preocupes,
contigo mi mano está tranquila y presiento que no te voy a robar nada”.
Cenamos en la terraza a la luz de una vela algo que sacó del frigorífico
muy posiblemente pasado de fecha y después hicimos el amor
toda la noche hasta el amanecer.
A la mañana siguiente, cuando nos despedimos con un beso
bajo el umbral de su puerta,
me dijo al oído “ojalá nos volvamos a ver” y cerró la puerta.
Debo decir que cumplió su palabra, no me quitó nada, salvo una cosa
que advertí bajando las escaleras,
un gran vacío en mi pecho, y es que aquella mujer sin conciencia
me robó el corazón.
***
**
*
Última edición: