sebi
Poeta recién llegado
Amanecían gaviotas de tu espalda.
De pronto, lentamente, con esmero
se encorvaban de los árboles las ramas.
Frutos y más frutos caían de tus cabellos,
¡Cuánta primavera en tí se acostumbraba!
como lluvia en una tarde de invierno.
Mi envidia golpeaba los ecos de la tierra,
sollozantes, guerrilleros, centinelas.
Cuántas razones a mi locura daba,
el feliz recuerdo de tu imagen clara.
Mi llanto luchaba y de pronto yo era viento,
y más luego, la razón de tus suspiros y silencios.
¡Ah, figura de la mujer que amo,
que cuanto menos tengo, más reclamo!
Yo voy muriendo en ruegos desesperados;
pues no son las estrellas, ni la luz de verano,
milagros tan preciosos como los de tu mano.
Y eres gloria y miseria;
mientras el corazón te idolatra,
eres el hambre del alma.
De pronto, lentamente, con esmero
se encorvaban de los árboles las ramas.
Frutos y más frutos caían de tus cabellos,
¡Cuánta primavera en tí se acostumbraba!
como lluvia en una tarde de invierno.
Mi envidia golpeaba los ecos de la tierra,
sollozantes, guerrilleros, centinelas.
Cuántas razones a mi locura daba,
el feliz recuerdo de tu imagen clara.
Mi llanto luchaba y de pronto yo era viento,
y más luego, la razón de tus suspiros y silencios.
¡Ah, figura de la mujer que amo,
que cuanto menos tengo, más reclamo!
Yo voy muriendo en ruegos desesperados;
pues no son las estrellas, ni la luz de verano,
milagros tan preciosos como los de tu mano.
Y eres gloria y miseria;
mientras el corazón te idolatra,
eres el hambre del alma.