La Corporación
Poeta veterano
desde el evaristo corumelo
con piedad
-¡Mi general! todo en orden ¿qué manda usted?
- Aquí nada está bien, sargento, ¡arrodíllese!
El ejército enemigo rompió su virginidad
y no obtuvo, de su parte,
la más leve resistencia
¡eso no es propio de oficiales de grado!
- Señor, nos resistimos.
-¡Levántese la falda y de rodillas sargento!
Unos latigazos rompieron la tarde
en la mugrienta habitación de aquel hotelucho.
Roger, disfrazado de napoleón,
borracho, balbuceaba unos versos
intentando dar solemnidad a la depravación.
Apenas podía tenerse en pie,
babeaba obscenidades sobre Laurita,
hija del gobernador de Limón,
niña criada entre monjas,
frustrada antes que santa y mártir,
que necesitaba que alguien le rompiera su piel,
el de su nombre, el de sus padres
y así lo pedía en los congales de Puerto Viejo
para librarse de la mierda
que fecundaba cada poro de su hermoso cuerpo.
Se conjugaba el desconsuelo
con las ganas de morir,
y las de vivir con ese juego extraño que es la vida
donde algunos quedan enganchados a otros como perros,
aunque se trate de los más hijoeputas seres.
Llora el general,
después de dar unos envites al puro estilo
de marihuana y ron.
Roger escupió hígado por sus pestañas:
¡te amo,
levántate puta!
¡Te amo
más de lo que puedo resistir!
Y vestido con unos roídos calzoncillos
vomita el almuerzo sobre la cama;
pero el general quema su vida conscientemente
y no pierde la dignidad
sabiendo que la tiene perdida desde que nació.
Déjame que chupe la sangre
derramada como un cristo
en tu espalda negra y tu ijada,
me gusta distinguirla
de tus otros jugos.
Una patada en los huevos del general
dejó un empate
y todo quedó de nuevo
listo para empezar
como la rueda de nuestra existencia.
elPrior
con piedad
-¡Mi general! todo en orden ¿qué manda usted?
- Aquí nada está bien, sargento, ¡arrodíllese!
El ejército enemigo rompió su virginidad
y no obtuvo, de su parte,
la más leve resistencia
¡eso no es propio de oficiales de grado!
- Señor, nos resistimos.
-¡Levántese la falda y de rodillas sargento!
Unos latigazos rompieron la tarde
en la mugrienta habitación de aquel hotelucho.
Roger, disfrazado de napoleón,
borracho, balbuceaba unos versos
intentando dar solemnidad a la depravación.
Apenas podía tenerse en pie,
babeaba obscenidades sobre Laurita,
hija del gobernador de Limón,
niña criada entre monjas,
frustrada antes que santa y mártir,
que necesitaba que alguien le rompiera su piel,
el de su nombre, el de sus padres
y así lo pedía en los congales de Puerto Viejo
para librarse de la mierda
que fecundaba cada poro de su hermoso cuerpo.
Se conjugaba el desconsuelo
con las ganas de morir,
y las de vivir con ese juego extraño que es la vida
donde algunos quedan enganchados a otros como perros,
aunque se trate de los más hijoeputas seres.
Llora el general,
después de dar unos envites al puro estilo
de marihuana y ron.
Roger escupió hígado por sus pestañas:
¡te amo,
levántate puta!
¡Te amo
más de lo que puedo resistir!
Y vestido con unos roídos calzoncillos
vomita el almuerzo sobre la cama;
pero el general quema su vida conscientemente
y no pierde la dignidad
sabiendo que la tiene perdida desde que nació.
Déjame que chupe la sangre
derramada como un cristo
en tu espalda negra y tu ijada,
me gusta distinguirla
de tus otros jugos.
Una patada en los huevos del general
dejó un empate
y todo quedó de nuevo
listo para empezar
como la rueda de nuestra existencia.
elPrior
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