De aquel coche rojo se desprende la tristeza
que vuela hacia una nube de acero
que abraza la ciudad,
que la besa, apasionadamente,
que se la come.
Como aquel niño se come los mocos,
grises,
inocentes...
Como aquel pájaro,
que vuela hacia la nube de acero,
esperando encontrar migajas
de una ciudad, comida por la nube.
¡Ciudad!, que hinchas tu orgullo
y obligas a tus barandas, tus cristales grises,
tus tejados, tus aceras...
jugar con la lluvia.
Como juegan los semáforos
al escondite con la nube,
escondiéndose dentro de ella,
desapareciendo en el pozo gris,
para no ser comidos por él.
Rastrojos de acero y hormigón,
mezclándose en un caos...
(como una ensalada de muchos ingredientes)
aliñados con transparentes
gotas de llovizna,
que transparentan lo gris,
que se lo come todo.
Y aquel naranjo, que naranjea
una esquina con sus naranjas,
y no encuentra más esquinas con naranjos
y no puede unirse con ellas
para transformarse en un sol naranja,
y luchar,
y comerse a la nube,
que se lo come todo.
que vuela hacia una nube de acero
que abraza la ciudad,
que la besa, apasionadamente,
que se la come.
Como aquel niño se come los mocos,
grises,
inocentes...
Como aquel pájaro,
que vuela hacia la nube de acero,
esperando encontrar migajas
de una ciudad, comida por la nube.
¡Ciudad!, que hinchas tu orgullo
y obligas a tus barandas, tus cristales grises,
tus tejados, tus aceras...
jugar con la lluvia.
Como juegan los semáforos
al escondite con la nube,
escondiéndose dentro de ella,
desapareciendo en el pozo gris,
para no ser comidos por él.
Rastrojos de acero y hormigón,
mezclándose en un caos...
(como una ensalada de muchos ingredientes)
aliñados con transparentes
gotas de llovizna,
que transparentan lo gris,
que se lo come todo.
Y aquel naranjo, que naranjea
una esquina con sus naranjas,
y no encuentra más esquinas con naranjos
y no puede unirse con ellas
para transformarse en un sol naranja,
y luchar,
y comerse a la nube,
que se lo come todo.