BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Le dijeron en el barrio,
en la escuela del paro,
para ser más exactos,
que debería de dejarse
de estudios complicados,
y de chorradas al estilo,
y prepararse unas ricas
oposiciones a abogado
del estado: ''mire, déjese
de plegarias a la virgen
de los desamparados, y de
esos cuatro pelagatos que le
acompañan siempre; lo mejor
para usted, ahora mismo, es
conseguir el apoyo de algún que
otro candidato''.
Y es que Rato, de nombre
Ricardo, quiso ser un valiente
en la guerra de Marruecos, o siquiera
en la de las Malvinas, donde
más de uno, perdió la vida,
con tal de desfilar guapo.
Sus propios consejeros, nativos
del país de las alegrías, consiguieron
que se relajase y obtuvieron de un ministro
el dato que le auguraba un proyecto vital
y político interesante. Así que
decidió no presentarse a más Máster,
ni a más cursos online, de ''zapatero
a tus zapatos'', y procuro hacerse el listo,
subiendo el listón más alto.
Mientras sus acólitos y mensajeros
reptaban por un puesto en el Mercado de
Abastos, los cigarreros
de sus cuñados eligieron
la vida holgazana y pobre
de ser simples comparsas
en temas tan delicados.
No es que Rato, de nombre
Ricardo, fuera un ser perezoso
y lleno de rencillas, no: eligió
siempre el asfalto, advirtiendo
a quien le atacaba de que no iba
a salirse con la suya. Y así, tirando
y tirando, se subió al carro de los años
ochenta, noventa y, por si acaso, en el
dos mil, tocaba el badajo de la campana,
subido a un atril en traje de campaña.
La Bolsa fue lo suyo: ya se lo decían
sus amigos del supermercado, cuando
cogía el pan, y se iba por los descampados.
Y es que Rato, fue siempre
amigo de sus amigos, hijo predilecto,
y vocero centinela de sus adversarios:
concluyó sus oposiciones, y se puso
a trabajar de conquistador, a sueldo
vitalicio de papá Estado. ©
en la escuela del paro,
para ser más exactos,
que debería de dejarse
de estudios complicados,
y de chorradas al estilo,
y prepararse unas ricas
oposiciones a abogado
del estado: ''mire, déjese
de plegarias a la virgen
de los desamparados, y de
esos cuatro pelagatos que le
acompañan siempre; lo mejor
para usted, ahora mismo, es
conseguir el apoyo de algún que
otro candidato''.
Y es que Rato, de nombre
Ricardo, quiso ser un valiente
en la guerra de Marruecos, o siquiera
en la de las Malvinas, donde
más de uno, perdió la vida,
con tal de desfilar guapo.
Sus propios consejeros, nativos
del país de las alegrías, consiguieron
que se relajase y obtuvieron de un ministro
el dato que le auguraba un proyecto vital
y político interesante. Así que
decidió no presentarse a más Máster,
ni a más cursos online, de ''zapatero
a tus zapatos'', y procuro hacerse el listo,
subiendo el listón más alto.
Mientras sus acólitos y mensajeros
reptaban por un puesto en el Mercado de
Abastos, los cigarreros
de sus cuñados eligieron
la vida holgazana y pobre
de ser simples comparsas
en temas tan delicados.
No es que Rato, de nombre
Ricardo, fuera un ser perezoso
y lleno de rencillas, no: eligió
siempre el asfalto, advirtiendo
a quien le atacaba de que no iba
a salirse con la suya. Y así, tirando
y tirando, se subió al carro de los años
ochenta, noventa y, por si acaso, en el
dos mil, tocaba el badajo de la campana,
subido a un atril en traje de campaña.
La Bolsa fue lo suyo: ya se lo decían
sus amigos del supermercado, cuando
cogía el pan, y se iba por los descampados.
Y es que Rato, fue siempre
amigo de sus amigos, hijo predilecto,
y vocero centinela de sus adversarios:
concluyó sus oposiciones, y se puso
a trabajar de conquistador, a sueldo
vitalicio de papá Estado. ©