danie
solo un pensamiento...
Nacemos llorando y recorremos las rutas con nuestro llanto
,
hasta morimos llorando
Lloramos lágrimas de ásperos suspiros obscenos,
extractos de azufre lascivo y años recebos,
olas que rompen en las playas peñascosas del tiempo,
trozos de vidrios cosechados por las manos pueriles
de un dogma perdido en el cauce del vacío.
Lloramos lágrimas que oxidan a los sometidos venablos
de nuestra hábito impasible,
estoico ámbito que transita nuestra mente mefítica.
Lloramos hogueras de sangre con plata y cuarzo corroído,
calando nuestra carne y huesos con la codicia de un nigromante destino.
Lloramos junto al tizne y el hollín
de los calcinados sueños de un Dios peregrino,
un Dios que creó a los cobertizos del mundo al cual corrompimos.
Lloramos sin pudor, desnudos frente a los ojos del Amaranta,
bajo el sauce tristón, contaminando los ríos
que desembocan en un piélago sombrío,
lloramos sin cuaresma en medio de las calles,
sobre los altares y las catedrales,
en el cielo y en la tierra, en el aire y en el agua que se vierte
sobre los oasis de un inmenso desierto,
el de nuestro razón errante.
Lloramos por el vino derramado,
sangre de un Cristo doblegado en la historia y en el presente.
Lloramos por las cetrinas reliquias de las arcas de los días,
los laureles conseguidos de una era marchita,
los baldíos desolados y la añeja miza de un devoto pervertido.
Lloramos frente a los astros plañideros,
frente a los bofeteados clérigos de las basílicas y sus runas de anatemas.
Lloramos lágrimas ácidas en un mar salobre de cadavéricos ideales sucumbidos
y sepultados en sangre, pluma y tinta.
Lloramos torrentes de súplicas
y sus estridentes acciones
que marca la leyenda de estar vivo.
Lloramos siempre juntos,
unidos como hermanos por la tierra prometida.
Lloramos por ella, por él, por nosotros y por nuestras doctrinas
sin bandera de tregua, sin ningún intervalo por luengos anales
que deliran con los cielos de un lacónico desengaño.
Lloramos hasta el horizonte y su infinito,
bordeando las riberas de los ojos ciegos
y nublados y sus lagrimales.
Lloramos mares de llanto que inunda con su agua bendita
y consagrada las heridas del alma,
las gargantas de un sibilino y nómada ocaso.
Lloramos tras la diáfana de un santo
que se postra frente a los deseos de existir
Inmaculado propósito de este poeta que lloró en su tiempo
y ya no llora más por el fraude,
la mentira, la calumnia, la ojeriza,
ni por el disfraz de tu amor
Nací llorando y muero sonriéndole a tu triste desencanto.