BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Pero guardad silencio.
Las nubes surgen y la brisa también.
Hay un torso desnudo que resume
bien la vida, y una nodriza impávida
y un sostén de desiguales proporciones.
Un viento favorable de dimensiones únicas
y un velero errabundo y una nación de corales.
Una carpeta llena de humo con un tren dibujado.
Entonces, los signos del hambre ejecutan su antigua
danza, uno, dos, tres, hasta llegar a la cuarentena
que toda fiebre corporal merece. Y un auxilio
improbable en todas las aceras, y un cementerio
bajo cada vértebra. Las máscaras no llegan
y los suicidios afortunadamente aumentan.
Es cuando el dolor de las pómulos origina
la castración de los coroneles, y el impacto
de un sueño, busca arrabales de discordia.
Por las afueras, un latido enardece la lujuria,
mientras el sueño dilata la mística fuente.
Un sabor como a penumbra baja e insistente
dibuja el calor de la madrugada, y hay frío
todavía en alguna rodilla erosionada.
Nadie baila, nadie vive, nadie muere.
Hay demasiados depósitos de cal viva
impactando fuera de los sueños, en el atril
donde todo se sucede.
Hasta llegar a la materia desordenada
del hombre, que busca incesante
el desalojo de las persianas cerradas.
Es cuando alguien baila, aunque solo
en un túnel de lluvia con alfileres.
Cuando alguien se perfuma para llegar
tarde a la cita. Y es la vida la que excava
túneles en los pasadizos del hambre y la tortura.
Es la vida enajenada que frecuenta los hoteles
llenos de basura irredimible.
Es cuando todo es áspero, y la lluvia alimenta
los cuerpos hollados hasta el fondo.
Pero aún queda una rodilla, un alguien,
una frase en los rincones despavoridos.
Una tertulia que acaba por incendiar las iglesias.
Todos duermen, porque hay una pequeña vida
invisible en cada hospital nocturno. Una invasión
de dientes en el terciopelo de la noche. Una protesta
de ojos mancillados hasta la extenuación. Un combate
de silos que anega las fábricas amnésicas.
Alguien dice morir de amor, pero es mejor incitar a las rodillas
a su suave contoneo.
Los labios son presa del hastío, y un número en la frente
dictamina quién o quiénes fraguarán los inviernos sucesivos.
Nadie es inocente porque los anuncie el paraíso.
Nadie es de este lugar o de aquel; simplemente
las aves retornan ebrias y elegantes a su residencia extática.
El frío del moribundo alienta las zonas ajardinadas.
Todo se utiliza.
Nadie quiere de las anatomías más que las monedas.
Nadie pregunta y nadie advierte, hay un atropello
por cada instante erguido fuera del vientre.
©
Las nubes surgen y la brisa también.
Hay un torso desnudo que resume
bien la vida, y una nodriza impávida
y un sostén de desiguales proporciones.
Un viento favorable de dimensiones únicas
y un velero errabundo y una nación de corales.
Una carpeta llena de humo con un tren dibujado.
Entonces, los signos del hambre ejecutan su antigua
danza, uno, dos, tres, hasta llegar a la cuarentena
que toda fiebre corporal merece. Y un auxilio
improbable en todas las aceras, y un cementerio
bajo cada vértebra. Las máscaras no llegan
y los suicidios afortunadamente aumentan.
Es cuando el dolor de las pómulos origina
la castración de los coroneles, y el impacto
de un sueño, busca arrabales de discordia.
Por las afueras, un latido enardece la lujuria,
mientras el sueño dilata la mística fuente.
Un sabor como a penumbra baja e insistente
dibuja el calor de la madrugada, y hay frío
todavía en alguna rodilla erosionada.
Nadie baila, nadie vive, nadie muere.
Hay demasiados depósitos de cal viva
impactando fuera de los sueños, en el atril
donde todo se sucede.
Hasta llegar a la materia desordenada
del hombre, que busca incesante
el desalojo de las persianas cerradas.
Es cuando alguien baila, aunque solo
en un túnel de lluvia con alfileres.
Cuando alguien se perfuma para llegar
tarde a la cita. Y es la vida la que excava
túneles en los pasadizos del hambre y la tortura.
Es la vida enajenada que frecuenta los hoteles
llenos de basura irredimible.
Es cuando todo es áspero, y la lluvia alimenta
los cuerpos hollados hasta el fondo.
Pero aún queda una rodilla, un alguien,
una frase en los rincones despavoridos.
Una tertulia que acaba por incendiar las iglesias.
Todos duermen, porque hay una pequeña vida
invisible en cada hospital nocturno. Una invasión
de dientes en el terciopelo de la noche. Una protesta
de ojos mancillados hasta la extenuación. Un combate
de silos que anega las fábricas amnésicas.
Alguien dice morir de amor, pero es mejor incitar a las rodillas
a su suave contoneo.
Los labios son presa del hastío, y un número en la frente
dictamina quién o quiénes fraguarán los inviernos sucesivos.
Nadie es inocente porque los anuncie el paraíso.
Nadie es de este lugar o de aquel; simplemente
las aves retornan ebrias y elegantes a su residencia extática.
El frío del moribundo alienta las zonas ajardinadas.
Todo se utiliza.
Nadie quiere de las anatomías más que las monedas.
Nadie pregunta y nadie advierte, hay un atropello
por cada instante erguido fuera del vientre.
©