Sinuhé
Poeta adicto al portal
Regresé ya sabes que lo evito-
por cosas de trabajo al bodegón aquel
de la escuela.
Allí, por un momento,
paralicé mis pasos.
En un primer instante
me pareció verte correr
sudorosa del recreo.
El patio está como antes,
todo enlosado y viejo.
Inevitablemente,
como quien logra distinguir
en el cadalso su látigo,
no pude eludir oscurecerme.
Es la notable oscuridad que se burla
ella rugosa y anciana,
-permanecí callado-
Y solo, en una banca lívida
con su pintura negra sobre capas,
corrieron más minutos como vapores en agua;
el verano fue dejando todo sediento, es mediodía.
Luego avancé.
Y al percibir, aquel aroma viejo de las cosas,
inútiles calaches que las aulas desechan:
mapas, borlas, pedazos de tabla podrida,
me estremecí cual si un infame monstruo
me aguardara agazapado
en un rincón de aquel destierro.
Luego pensé -segundo instante-
en esos clavos, en tantas vigas,
en esa puerta que resguarda los desechos;
antiguos cachivaches que nadie extraña.
Sentí envidia de los musgos que crecen
jubilosos en el patio,
verdes felices, irradiados;
esperando otro recreo y los niños...
por cosas de trabajo al bodegón aquel
de la escuela.
Allí, por un momento,
paralicé mis pasos.
En un primer instante
me pareció verte correr
sudorosa del recreo.
El patio está como antes,
todo enlosado y viejo.
Inevitablemente,
como quien logra distinguir
en el cadalso su látigo,
no pude eludir oscurecerme.
Es la notable oscuridad que se burla
ella rugosa y anciana,
-permanecí callado-
Y solo, en una banca lívida
con su pintura negra sobre capas,
corrieron más minutos como vapores en agua;
el verano fue dejando todo sediento, es mediodía.
Luego avancé.
Y al percibir, aquel aroma viejo de las cosas,
inútiles calaches que las aulas desechan:
mapas, borlas, pedazos de tabla podrida,
me estremecí cual si un infame monstruo
me aguardara agazapado
en un rincón de aquel destierro.
Luego pensé -segundo instante-
en esos clavos, en tantas vigas,
en esa puerta que resguarda los desechos;
antiguos cachivaches que nadie extraña.
Sentí envidia de los musgos que crecen
jubilosos en el patio,
verdes felices, irradiados;
esperando otro recreo y los niños...