Ricardo R. Ruiz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Desnuda tu piel en la sabana
te vuelves fantástica utopía.
Eres una grasil geografía
bajo el velo de tu luz humana.
Tu pelo, furiosa catarata,
besa la suavidad de tu espalda,
en su desmayo sobre la falda
del monte que a mi vida arrebata.
Senda abajo tus hermosas piernas,
sostienen las puertas de mi cielo
cual robles el ardoroso celo
del espacio las luces eternas.
Tus ojos, donde la luz refleja,
de un lago son fina transparencia
mostrándome la secreta esencia
que a la creación dejo perpleja.
La tibia caricia de tu aliento,
vivencia de campinas y flores,
inflama de la luz los fulgores
que raudos van en brazos del viento.
Allende el sendero tus montanas,
obra de algún misterioso pincel,
llenanme el alma con su dulce miel,
y me guían a tierras extrañas...
Y ante mi, serena tu llanura,
invitame al descanso y a la paz.
Tu, suspiro de lucero fugaz,
has ungido mi ser con ternura.
Tras tu vientre, sutil elevacion,
esperame el templo de afrodita;
donde el clavel jamas se marchita:
del ser humano, altar de la pasión.
Delicada surge en tu espesura,
del deseo la sensual fragancia.
suave la ambrosía de tu estancia,
es néctar de mística dulzura.
Y al éxtasis de tu amor me entrego,
haciendo mía tu fertil tierra;
sembrando el sueno que mi alma encierra,
muy dentro de mi cual vivo fuego.
Es tu cuerpo, carisima mujer,
virginal isla, reino celestial;
de mi sed de amar, rico manantial
donde se hace uno nuestro placer.
Es tu espíritu, azul rareza,
amalgama que turba la razón...
eres de lo creado el corazon:
tu, omnisciente naturaleza.
nueva york, 1999
te vuelves fantástica utopía.
Eres una grasil geografía
bajo el velo de tu luz humana.
Tu pelo, furiosa catarata,
besa la suavidad de tu espalda,
en su desmayo sobre la falda
del monte que a mi vida arrebata.
Senda abajo tus hermosas piernas,
sostienen las puertas de mi cielo
cual robles el ardoroso celo
del espacio las luces eternas.
Tus ojos, donde la luz refleja,
de un lago son fina transparencia
mostrándome la secreta esencia
que a la creación dejo perpleja.
La tibia caricia de tu aliento,
vivencia de campinas y flores,
inflama de la luz los fulgores
que raudos van en brazos del viento.
Allende el sendero tus montanas,
obra de algún misterioso pincel,
llenanme el alma con su dulce miel,
y me guían a tierras extrañas...
Y ante mi, serena tu llanura,
invitame al descanso y a la paz.
Tu, suspiro de lucero fugaz,
has ungido mi ser con ternura.
Tras tu vientre, sutil elevacion,
esperame el templo de afrodita;
donde el clavel jamas se marchita:
del ser humano, altar de la pasión.
Delicada surge en tu espesura,
del deseo la sensual fragancia.
suave la ambrosía de tu estancia,
es néctar de mística dulzura.
Y al éxtasis de tu amor me entrego,
haciendo mía tu fertil tierra;
sembrando el sueno que mi alma encierra,
muy dentro de mi cual vivo fuego.
Es tu cuerpo, carisima mujer,
virginal isla, reino celestial;
de mi sed de amar, rico manantial
donde se hace uno nuestro placer.
Es tu espíritu, azul rareza,
amalgama que turba la razón...
eres de lo creado el corazon:
tu, omnisciente naturaleza.
nueva york, 1999