Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la pequeña habitación, Nela abrió los ojos. Nada había cambiado, allí estaba su cama, aquella que le habían hecho con la sabina que se secó en la ladera, la cama que su padre había trabajado con paciencia, tallando las hojas de roble y las bellotas que la adornaban. Su armario, el de las dos puertas, donde guardaba su ropa, el armario que habían preparado con la madera de alcanforero que su madre había traído de uno de sus largos viajes. Aquel armario que daba gusto abrirlo, pues tenía un olor suave a alcanfor, olor que le encantaba y que además protegía su ropa de las polillas. En la mesilla de noche tenía la manzana que su madre le llevaba cuando se acostaba, por si se despertaba con hambre. La colcha hecha de pelo de gamuza, caliente y suave, la envolvía con mimo.
Su madre entró en ese momento en la habitación.
- Buenos días, Nela-
- Buenos días, mamá. ¿sabes? Hoy he tenido un sueño precioso- comentó a su madre.
- Y ¿qué has soñado, si se puede saber? -
- Mira, yo estaba en la ventana de una casa grande, muy grande, con techos muy altos. Allí estaba una niña, acostada en la cama como si fuese ya la hora de irse a dormir. Su madre cepillaba su cabello y se lo recogía con horquillas. Luego colocaba bien la almohada, para que estando bien mullida resultase cómoda. Entonces la niña le pedía a su mamá que le contase un cuento y la mamá se sentaba a los pies de la cama, tomaba un libro en las manos y comenzaba a leer. Eran historias maravillosas, de una estatua de un príncipe que tenía muchas joyas y estaba revestida de oro y como la estatua iba pidiendo a un pajarillo que le quitase sus riquezas y las repartiera con los que tenían necesidad. Más tarde, cuando acabó la madre de leer, las dos se pusieron a cantar bajito, una canción muy bonita que hablaba del sol y de la luna, que se querían y casi nunca se podían ver. Era muy divertida y la niña y su madre se reían mucho.-
Nela estaba emocionada contándole a su madre la aventura que había tenido en su sueño.
- Pero ¿sabes lo mejor? – dijo Nela interrogando con la mirada a su madre.
- No- dijo ésta. – ¿Qué es lo mejor?
- Pues verás- continuó Nela. – Luego la niña pidió a su madre que le contase una de aquellas historias que contaba su abuelo. Las historias que la mamá decía recordar porque su padre se las había contado muchas veces. Su madre sonrió, le dio a Nela un beso en la frente y comenzó a contar, “más allá del Mar Brillante, atravesando las Montañas Negras del Reino Ignoto…” ¿Te das cuenta mamá’, esas historias hablan de nosotros. Se refieren a las hadas, a los elfos, a ti y a papá. Nos recuerdan, saben de nosotros y nos quieren.
Su madre, Titania, sonrió primero y luego fue una risa franca, disfrutaba con las cosas de Nela. Su risa sonaba como cascabeles de plata y campanillas de cristal. Y al sonido de su risa, se abrieron los pétalos de miles de flores, los pájaros rompieron en bella algarabía y brilló la luz iluminando el día.