A alguno extrañará que este pequeño relato figure en el foro de "reatos de amor". Lo medité bastante antes de decidirme. Cabían otros varios emplazamientos, pero finalmente decidí que debía ser este, el de los relatos de amor. Pues es de amor de lo que trata; un amor absoluto, fuera de moldes y adjetivos, el simple y puro amor de un ser humano por otro ser humano, éste sufriente, maculado y objeto de todas las vejaciones y humillaciones que nuestra crueldad impone a los desfavorecidos. Y una reivindicación desde el amor de aquellas mujeres que se marginan o son marginadas por el rigor y egoísmo de las normas sociales, sin que nos preocupemos de los porqués. Vaya por ellas y su muchas veces magistral humanidad.
NENÉ
(Un recuerdo en sepia)
- ¡Don Prudencio, cuánto bueno por aquí! ¿Dónde se había metido, hombre de Dios?. Ni que hubiese tomado hábitos de clausura…
- Querida Basi, sí que hacía tiempo…Ya sabes, los negocios no siempre me traen por la ciudad. Pero tú sabes que si yo tomo hábitos será en este convento, con dos en la celda y cuatro zapatos debajo de la cama…
- ¡Ja, ja, ja…! Siempre tan ocurrente, Don Pruden. Siempre de buen humor. Espere, que aviso…¡Chicas, Nené, venid corriendo. Ha vuelto Don Prudencio….!
A las voces de la dueña, aparecieron como amables esperpentos, bellas ninfas, grotescas en su irremediable decadencia, las precarias ropas revueltas tapando apenas torsos y traseros, las seis pupilas del meublé. Sin apenas maquillaje, ojeras color violáceo, carnes fofas y cabellos revueltos, aquellas Venus desvaídas, traídas, algunas, de más allá de las fronteras, otras, las más, desde recónditos pueblos, engañadas por señuelos, para ellas deslumbrantes; eran sin embargo un compendio de ternura y sencillez para los que, como yo, éramos clientes asiduos y antiguos de la casa. La Loli, la Feli, la …y Nené. Mi dulce y entrañable Nené. Qué recuerdos, qué ingenuas orgías en las que más de una vez tuve que oficiar de maestro de ceremonias…
Nené hacía la calle con sus apenas dieciocho años. En uno de mis viajes a la ciudad, con aquel viejo cachivache que por entonces manejaba, la encontré una noche de tormenta por la zona de la Muralla, aterida por el relente, empapada por las lluvias que caían inclementes en la noche, tiritando, pero aguantando estoicamente para conseguir algún dinero que llevar a su chulo y evitar así una paliza cierta. Sin ningún tipo de estímulo sexual, me movió, en cambio una cierta conmiseración hacia aquel pálido monigote. Entró en mi coche y la cubrí con mi gabardina. Apenas habló. Quiso iniciar rápidamente su trabajo, manipulando hábilmente mi bragueta y aproximando su rostro a ella.
Arrebatado por una vergonzante rabia, un súbito asco y una especie de piedad insólita que se apoderaron de mí, la obligué a retirarse, no sin cierta violencia. Nené, con sus grandes ojos de enferma, me miró con una súplica muda. Eran años de represión, miseria y dolor. Yo frecuentaba hacía tiempo el prostíbulo de La Basi, bien instalado, limpio y acogedor. Y Doña Basilia, que me debía muchos favores que trataba de pagarme con la carne más fresca de sus pupilas y otros privilegios menos explícitos, no iba a tener otra elección; sería sordo a sus cantilenas a sabiendas que su corazón, tan celosamente guardado para el mundo, era oro puro para sus chicas. Nené sería mi protegida; primero, cuidarla, reponerla de su enfermedad con esos calditos “mano de santo” ¿Verdad, Doña Basi?.
En aquella casa, tradicional y decente, donde la práctica del sexo era una especie de válvula de escape a las rígidas convenciones sociales y religiosas que lo proscribían, en esa casa de tolerancia en el más amplio sentido de la palabra, aún se rezaba el rosario casi todas las tardes, como una especie de compensación que tan bien cuadraba con los espíritus simples de sus ocupantes, que no tenían nada claro los conceptos de “pecado” y “redención”.
Y, a veces, aun reconociéndose librepensadores que se concedían algunas tolerancias de rancia espiritualidad , participaban en él algunos clientes, porque además de la atmósfera de familiaridad que el acto del rezo en sí creaba, se añadía el aliciente de las tazas de chocolate humeante y los pestiños calentitos y envueltos en miel (energéticos y reconstituyentes, para matar el frío, decía doña Basi, dirigiendo una pícara sonrisa a los habituales del rezo) todos caseros y elaborados por la Cipri, la más veterana de todas, de la que casi nunca se solicitaban sus servicios, excepto por Don Expósito, coronel retirado, que decía purgar así algún tipo de pecado de juventud. Solía ser el postre de los no siempre conclusos banquetes carnales de aquel paisanaje desnortado que frecuentábamos la casa.
Allí llevé a una aterrorizada Nené, encargando a Doña Basi que la cuidase especialmente, que era un familiar mío caído en desgracia, allá en la cerrada intolerancia de su pueblo. Desde entonces Nené es para mí una especie de objeto de culto. Siempre que nos vemos, en sus ojos apagados, vidriosos, casi bovinos, se ilumina una tenue lucecita. Mi vanidad, siempre inoportuna, pretende mostrármela como un signo de perenne agradecimiento, tal vez como el hálito de un amor imposible. Pero sólo es vanidad. Yo solo quiero ver en ella aquel pobre ser humano, enfermo y miserable, que tiritaba bajo la lluvia una ya lejana noche, en Las Murallas. Nunca hemos follado, pero sí, con gran ternura, hemos hecho el amor, la he penetrado a través de sus ojos de animal manso, tratando de llegar hasta el fondo de su alma, para depositar en ella alguna brasa de cálido cariño, ese que nunca encontró en sus inevitables encuentros con el animal humano . Puede decirse que ella es quien remueve todavía en mi conciencia esa parte humana que aún le queda.
Ilust.: “Thérèse soñando”. Balthus
NENÉ
(Un recuerdo en sepia)
- ¡Don Prudencio, cuánto bueno por aquí! ¿Dónde se había metido, hombre de Dios?. Ni que hubiese tomado hábitos de clausura…
- Querida Basi, sí que hacía tiempo…Ya sabes, los negocios no siempre me traen por la ciudad. Pero tú sabes que si yo tomo hábitos será en este convento, con dos en la celda y cuatro zapatos debajo de la cama…
- ¡Ja, ja, ja…! Siempre tan ocurrente, Don Pruden. Siempre de buen humor. Espere, que aviso…¡Chicas, Nené, venid corriendo. Ha vuelto Don Prudencio….!
A las voces de la dueña, aparecieron como amables esperpentos, bellas ninfas, grotescas en su irremediable decadencia, las precarias ropas revueltas tapando apenas torsos y traseros, las seis pupilas del meublé. Sin apenas maquillaje, ojeras color violáceo, carnes fofas y cabellos revueltos, aquellas Venus desvaídas, traídas, algunas, de más allá de las fronteras, otras, las más, desde recónditos pueblos, engañadas por señuelos, para ellas deslumbrantes; eran sin embargo un compendio de ternura y sencillez para los que, como yo, éramos clientes asiduos y antiguos de la casa. La Loli, la Feli, la …y Nené. Mi dulce y entrañable Nené. Qué recuerdos, qué ingenuas orgías en las que más de una vez tuve que oficiar de maestro de ceremonias…
Nené hacía la calle con sus apenas dieciocho años. En uno de mis viajes a la ciudad, con aquel viejo cachivache que por entonces manejaba, la encontré una noche de tormenta por la zona de la Muralla, aterida por el relente, empapada por las lluvias que caían inclementes en la noche, tiritando, pero aguantando estoicamente para conseguir algún dinero que llevar a su chulo y evitar así una paliza cierta. Sin ningún tipo de estímulo sexual, me movió, en cambio una cierta conmiseración hacia aquel pálido monigote. Entró en mi coche y la cubrí con mi gabardina. Apenas habló. Quiso iniciar rápidamente su trabajo, manipulando hábilmente mi bragueta y aproximando su rostro a ella.
Arrebatado por una vergonzante rabia, un súbito asco y una especie de piedad insólita que se apoderaron de mí, la obligué a retirarse, no sin cierta violencia. Nené, con sus grandes ojos de enferma, me miró con una súplica muda. Eran años de represión, miseria y dolor. Yo frecuentaba hacía tiempo el prostíbulo de La Basi, bien instalado, limpio y acogedor. Y Doña Basilia, que me debía muchos favores que trataba de pagarme con la carne más fresca de sus pupilas y otros privilegios menos explícitos, no iba a tener otra elección; sería sordo a sus cantilenas a sabiendas que su corazón, tan celosamente guardado para el mundo, era oro puro para sus chicas. Nené sería mi protegida; primero, cuidarla, reponerla de su enfermedad con esos calditos “mano de santo” ¿Verdad, Doña Basi?.
En aquella casa, tradicional y decente, donde la práctica del sexo era una especie de válvula de escape a las rígidas convenciones sociales y religiosas que lo proscribían, en esa casa de tolerancia en el más amplio sentido de la palabra, aún se rezaba el rosario casi todas las tardes, como una especie de compensación que tan bien cuadraba con los espíritus simples de sus ocupantes, que no tenían nada claro los conceptos de “pecado” y “redención”.
Y, a veces, aun reconociéndose librepensadores que se concedían algunas tolerancias de rancia espiritualidad , participaban en él algunos clientes, porque además de la atmósfera de familiaridad que el acto del rezo en sí creaba, se añadía el aliciente de las tazas de chocolate humeante y los pestiños calentitos y envueltos en miel (energéticos y reconstituyentes, para matar el frío, decía doña Basi, dirigiendo una pícara sonrisa a los habituales del rezo) todos caseros y elaborados por la Cipri, la más veterana de todas, de la que casi nunca se solicitaban sus servicios, excepto por Don Expósito, coronel retirado, que decía purgar así algún tipo de pecado de juventud. Solía ser el postre de los no siempre conclusos banquetes carnales de aquel paisanaje desnortado que frecuentábamos la casa.
Allí llevé a una aterrorizada Nené, encargando a Doña Basi que la cuidase especialmente, que era un familiar mío caído en desgracia, allá en la cerrada intolerancia de su pueblo. Desde entonces Nené es para mí una especie de objeto de culto. Siempre que nos vemos, en sus ojos apagados, vidriosos, casi bovinos, se ilumina una tenue lucecita. Mi vanidad, siempre inoportuna, pretende mostrármela como un signo de perenne agradecimiento, tal vez como el hálito de un amor imposible. Pero sólo es vanidad. Yo solo quiero ver en ella aquel pobre ser humano, enfermo y miserable, que tiritaba bajo la lluvia una ya lejana noche, en Las Murallas. Nunca hemos follado, pero sí, con gran ternura, hemos hecho el amor, la he penetrado a través de sus ojos de animal manso, tratando de llegar hasta el fondo de su alma, para depositar en ella alguna brasa de cálido cariño, ese que nunca encontró en sus inevitables encuentros con el animal humano . Puede decirse que ella es quien remueve todavía en mi conciencia esa parte humana que aún le queda.
Ilust.: “Thérèse soñando”. Balthus