Ictiandro
Poeta adicto al portal
No me sirve el falso latido
que despierta cuando sonrío,
si sonrisa puede llamarse
a la mueca de este lamento.
Sin espejos girando las sombras,
torcida va la imagen sin prisa
enseñando la espalda a mis manos
que no se apuran en retener
el hombro herido,
ni la nuca al aire deseada.
No me sirve esta tierra
para mis restos sin respeto
y la mirada congelada
tras lápida sin nombre.
Marchita va la flor sin rocío
que luego de brotar de mi pecho
arrastró consigo el crucifijo
hacia lo profundo de mis ojos.
Sin más ánimo que un soplido
aquejando el árbol carbonizado,
las hojas son la ceniza
cubriendo el breve espacio
de las horas sin sentido
y cada verso pregonado
en el muro de los que fueron.
No me sirve tanta alevosía,
ni el manto rojo de mis venas,
ni la caída brutal de mi columna
desgajando mis ramas sin corteza,
quedo en esta sapiencia del vacío
acumulando migajas de tiempo.
No me sirve la huella que ya no enoja,
ni el cristal que cortó mi sonrisa,
estoy en el gris espasmo
de mi grito ahogado con la almohada
y cada palabra descomponiéndose.
No estoy, no me sirve mi cuerpo,
ni las neuronas, ni sus conexiones,
ni el palpitar ficticio,
ni la orina que mis riñones fabrican,
no me sirvo, si de ahora en adelante
me faltan los colores
y la luz en mi sepulcro.
que despierta cuando sonrío,
si sonrisa puede llamarse
a la mueca de este lamento.
Sin espejos girando las sombras,
torcida va la imagen sin prisa
enseñando la espalda a mis manos
que no se apuran en retener
el hombro herido,
ni la nuca al aire deseada.
No me sirve esta tierra
para mis restos sin respeto
y la mirada congelada
tras lápida sin nombre.
Marchita va la flor sin rocío
que luego de brotar de mi pecho
arrastró consigo el crucifijo
hacia lo profundo de mis ojos.
Sin más ánimo que un soplido
aquejando el árbol carbonizado,
las hojas son la ceniza
cubriendo el breve espacio
de las horas sin sentido
y cada verso pregonado
en el muro de los que fueron.
No me sirve tanta alevosía,
ni el manto rojo de mis venas,
ni la caída brutal de mi columna
desgajando mis ramas sin corteza,
quedo en esta sapiencia del vacío
acumulando migajas de tiempo.
No me sirve la huella que ya no enoja,
ni el cristal que cortó mi sonrisa,
estoy en el gris espasmo
de mi grito ahogado con la almohada
y cada palabra descomponiéndose.
No estoy, no me sirve mi cuerpo,
ni las neuronas, ni sus conexiones,
ni el palpitar ficticio,
ni la orina que mis riñones fabrican,
no me sirvo, si de ahora en adelante
me faltan los colores
y la luz en mi sepulcro.