Niebla

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
NIEBLA

Esta tarde, por fin, abrí el testamento vital de mis padres.
Una caja llena de fotografías y de cartas.
Todo es tan bellamente absurdo que es difícil de soportar.
Las fotografías son un inventario de mortalidad,
y las cartas están llenas de promesas incumplidas.

Mi madre sonríe mientras chapotea junto al embarcadero.
Mi padre aparece con mirada socarrona en una orla escolar
con los curas encabezando aquel grupo de almas apiñadas.
Mi padre siempre odió a los curas.
Mis benditos niños —me digo.
Fotos, fotos y fotos…

Mis padres sujetan con sus cuatro manos un ramo de margaritas.
Al parecer se casaron en el recodo de una carretera de Zamora
en la frontera con Portugal, con la luna de tarde por testigo.
Mis benditos salvajes —me digo.
Fotos, fotos y fotos…

Mi padre tiene la mirada vuelta hacia adentro
y mi madre sonríe como siempre, pero con esfuerzo.
Mis benditas flores marchitas —me digo.
Fotos, fotos y fotos…


Y pienso en cómo las nieblas del niño son nubes pasajeras.
Pasa pasa, nubecita, cantaría Marijuana La Villana.
Son cirros de pagoda, abanicos de Ginkgo,
medusas oceánicas, estratos de algodón…
El niño mira y mira y pinta con sus ojos.
El bastidor del tiempo sujeta el lienzo azul
sobre el que se deslizan las formas de su asombro
en un desfile que no mira para atrás,
porque no existe atrás al que mirar,
y su punto de fuga es la apnea de un misterio
que expande y acelera el universo de su imaginación.
Pero las medusas terminan por ocupar las pagodas
y recostadas sobre mares de algodón
abanican con los Ginkgos sus certezas de gelatina.
Es la ley natural de la acumulación que se manifiesta
en una aparentemente inofensiva inversión pareidólica.
Aquellas nuevas miradas cenitales
amenazan el arte creador del niño.
Las nieblas pasajeras se ralentizan
y se coaligan en un panóptico inquisidor
que amasa una moral de obediencia
en sus pechos de pájaro.
Las celestiales formas de Matisse vuelven
cuando el niño rebelde se niega a obedecer
y expulsa a latigazos a todos aquellos cortesanos
que habían profanado el templo de su divina imaginación.
Pero los cúmulos retornan una y otra vez y para siempre.
Estos cúmulos dejan manchas verdes, claro que sí,
pero son humedades que forman parte de nuestra existencia;
una caldera de Taburiente en la que se forja
la revolución de la infancia
contra el dogma imperial de los adultos.

El joven sigue viendo pasar las nubes,
y hace como que no le importa.
Y yo me río y me río, cantaría Andrés Sudón.
Pero siente que hay algo conmovedor en ellas
que forma parte de su cielo más íntimo.
El bastidor del tiempo desgrapa el lienzo azul
que ya desliza, para siempre, sujeto a las formas.
Y ya no solo ves pasar, sino que pasas lo que ves.
Y las miradas de reojo dejan de ser
porque las dos miradas son una y la misma.
Algunas formas amenazan tormentas perfectas
que el chaval aprovecha con su pecho de fuego
para declamar su poema ¡Oh, yo! ¡Oh, vida!
ante el bello drama del desastre.
Porque el joven, ante todo, es un artista puro
que sabe sin saber —pero lo sabe—
que su vida es la única obra maestra que vale la pena.
A veces cristaliza la nube
y se sacude sus lágrimas de granizo
dejando un manto de pedriscos en su patio interior;
pero son pedriscos que forman parte de la existencia.
Una Filomena en la que estalla
la revolución desesperada de nuestras vidas.

Y ahora siento cómo han pasado los años y las nubes...
¿Cuándo harás ese viaje?, cantaría Marta Plumilla.
Mañana, siempre mañana…
El frío del pecho condensa el mundo
rodeando tu cuerpo con una esfera de niebla.
Se trata, más bien, de un límite esférico,
de una frontera, a partir de la cual todo es niebla,
Y el mundo disponible para ti —el lienzo azul—
es el que queda confinado en esa esfera hueca.
Y empiezas a hostiarte contra las farolas de tu ocaso
porque no las ves venir
y la gente se descojona de tu torpeza.
Y el radio de tu esfera mengua y mengua
y los álbumes de tu vida se van llenando
de personas queridas cuyo radio de la esfera
es ya una gota más en la bruma universal.

Y te das cuenta de que todo cuenta.
Y de que el «mañana» es una excusa irreparable
para no continuar con la revolución que proclamaste
cuando tu pecho se jugaba
el todo por el todo.

Al final todo es nada
pero qué menos que fiarlo todo a la vida
mientras nuestra esfera nos deje espacio
para encajar las últimas piezas
de nuestro paso por el mundo,
y tiempo para escuchar a la gente querida hablar
del hermoso fracaso de su propia revolución.

Cuando me transfigure en niebla de mi niebla
aprovecharé para ser nube pasajera
y reventar —desde adentro— todo este panóptico amoral.
¡Como si fuera el jodido Trotsky
retrataré en el lienzo clandestino mi amor revolucionario!
Intentarán clavarme un piolet en la cabeza,
pero, como seré puta niebla,
seguiré eternamente
con mis pasquines de rocío,
dejando mis poemas en los pastos celestes,
cantando Palabras para Julia (para toda la humanidad)
y, de algún modo,
recitando lo que soy
en plena

libertad.​

Andreas
Madrid, 6 de abril de 2026
 
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NIEBLA

Esta tarde, por fin, abrí el testamento vital de mis padres.
Una caja llena de fotografías y de cartas.
Todo es tan bellamente absurdo que es difícil de soportar.
Las fotografías son un inventario de mortalidad,
y las cartas están llenas de promesas incumplidas.

Mi madre sonríe mientras chapotea junto al embarcadero.
Mi padre aparece con mirada socarrona en una orla escolar
con los curas encabezando aquel grupo de almas apiñadas.
Mi padre siempre odió a los curas.
Mis benditos niños —me digo.
Fotos, fotos y fotos…

Mis padres sujetan con sus cuatro manos un ramo de margaritas.
Al parecer se casaron en el recodo de una carretera de Zamora
en la frontera con Portugal, con la luna de tarde por testigo.
Mis benditos salvajes —me digo.
Fotos, fotos y fotos…

Mi padre tiene la mirada vuelta hacia adentro
y mi madre sonríe como siempre, pero con esfuerzo.
Mis benditas flores marchitas —me digo.
Fotos, fotos y fotos…


Y pienso en cómo las nieblas del niño son nubes pasajeras.
Pasa pasa, nubecita, cantaría Marijuana La Villana.
Son cirros de pagoda, abanicos de Ginkgo,
medusas oceánicas, estratos de algodón…
El niño mira y mira y pinta con sus ojos.
El bastidor del tiempo sujeta el lienzo azul
sobre el que se deslizan las formas de su asombro
en un desfile que no mira para atrás,
porque no existe atrás al que mirar,
y su punto de fuga es la apnea de un misterio
que expande y acelera el universo de su imaginación.
Pero las medusas terminan por ocupar las pagodas
y recostadas sobre mares de algodón
abanican con los Ginkgos sus certezas de gelatina.
Es la ley natural de la acumulación que se manifiesta
en una aparentemente inofensiva inversión pareidólica.
Aquellas nuevas miradas cenitales
amenazan el arte creador del niño.
Las nieblas pasajeras se ralentizan
y se coaligan en un panóptico inquisidor
que amasa una moral de obediencia
en sus pechos de pájaro.
Las celestiales formas de Matisse vuelven
cuando el niño rebelde se niega a obedecer
y expulsa a latigazos a todos aquellos cortesanos
que habían profanado el templo de su divina imaginación.
Pero los cúmulos retornan una y otra vez y para siempre.
Estos cúmulos dejan manchas verdes, claro que sí,
pero son humedades que forman parte de nuestra existencia;
una caldera de Taburiente en la que se forja
la revolución de la infancia
contra el dogma imperial de los adultos.

El joven sigue viendo pasar las nubes,
y hace como que no le importa.
Y yo me río y me río, cantaría Andrés Sudón.
Pero siente que hay algo conmovedor en ellas
que forma parte de su cielo más íntimo.
El bastidor del tiempo desgrapa el lienzo azul
que ya desliza, para siempre, sujeto a las formas.
Y ya no solo ves pasar, sino que pasas lo que ves.
Y las miradas de reojo dejan de ser
porque las dos miradas son una y la misma.
Algunas formas amenazan tormentas perfectas
que el chaval aprovecha con su pecho de fuego
para declamar su poema ¡Oh, yo! ¡Oh, vida!
ante el bello drama del desastre.
Porque el joven, ante todo, es un artista puro
que sabe sin saber —pero lo sabe—
que su vida es la única obra maestra que vale la pena.
A veces cristaliza la nube
y se sacude sus lágrimas de granizo
dejando un manto de pedriscos en su patio interior;
pero son pedriscos que forman parte de la existencia.
Una Filomena en la que estalla
la revolución desesperada de nuestras vidas.

Y ahora siento cómo han pasado los años y las nubes...
¿Cuándo harás ese viaje?, cantaría Marta Plumilla.
Mañana, siempre mañana…
El frío del pecho condensa el mundo
rodeando tu cuerpo con una esfera de niebla.
Se trata, más bien, de un límite esférico,
de una frontera, a partir de la cual todo es niebla,
Y el mundo disponible para ti —el lienzo azul—
es el que queda confinado en esa esfera hueca.
Y empiezas a hostiarte contra las farolas de tu ocaso
porque no las ves venir
y la gente se descojona de tu torpeza.
Y el radio de tu esfera mengua y mengua
y los álbumes de tu vida se van llenando
de personas queridas cuyo radio de la esfera
es ya una gota más en la bruma universal.

Y te das cuenta de que todo cuenta,
Y de que el «mañana» es una excusa irreparable
para no continuar con la revolución que proclamaste
cuando tu pecho se jugaba
el todo por el todo.

Al final todo es nada
pero qué menos que fiarlo todo a la vida
mientras nuestra esfera nos deje espacio
para encajar las últimas piezas
de nuestro paso por el mundo,
y tiempo para escuchar a la gente querida hablar
del hermoso fracaso de su propia revolución.

Cuando me transfigure en niebla de mi niebla,
aprovecharé para ser nube pasajera
y reventar —desde adentro— todo este panóptico amoral.
¡Como si fuera el jodido Trotsky
retrataré en el lienzo clandestino mi amor revolucionario!
Intentarán clavarme un piolet en la cabeza,
pero como seré puta niebla,
seguiré eternamente
con mis pasquines de rocío,
dejando mis poemas en los pastos celestes,
cantando Palabras para Julia (para toda la humanidad)
y, de algún modo,
recitando lo que soy
en plena

libertad.​

Andreas
Madrid, 6 de abril de 2026
Un testimonio de un yo revolucionario lleno de amor y siempre libre.

Saludos
 
NIEBLA

Esta tarde, por fin, abrí el testamento vital de mis padres.
Una caja llena de fotografías y de cartas.
Todo es tan bellamente absurdo que es difícil de soportar.
Las fotografías son un inventario de mortalidad,
y las cartas están llenas de promesas incumplidas.

Mi madre sonríe mientras chapotea junto al embarcadero.
Mi padre aparece con mirada socarrona en una orla escolar
con los curas encabezando aquel grupo de almas apiñadas.
Mi padre siempre odió a los curas.
Mis benditos niños —me digo.
Fotos, fotos y fotos…

Mis padres sujetan con sus cuatro manos un ramo de margaritas.
Al parecer se casaron en el recodo de una carretera de Zamora
en la frontera con Portugal, con la luna de tarde por testigo.
Mis benditos salvajes —me digo.
Fotos, fotos y fotos…

Mi padre tiene la mirada vuelta hacia adentro
y mi madre sonríe como siempre, pero con esfuerzo.
Mis benditas flores marchitas —me digo.
Fotos, fotos y fotos…


Y pienso en cómo las nieblas del niño son nubes pasajeras.
Pasa pasa, nubecita, cantaría Marijuana La Villana.
Son cirros de pagoda, abanicos de Ginkgo,
medusas oceánicas, estratos de algodón…
El niño mira y mira y pinta con sus ojos.
El bastidor del tiempo sujeta el lienzo azul
sobre el que se deslizan las formas de su asombro
en un desfile que no mira para atrás,
porque no existe atrás al que mirar,
y su punto de fuga es la apnea de un misterio
que expande y acelera el universo de su imaginación.
Pero las medusas terminan por ocupar las pagodas
y recostadas sobre mares de algodón
abanican con los Ginkgos sus certezas de gelatina.
Es la ley natural de la acumulación que se manifiesta
en una aparentemente inofensiva inversión pareidólica.
Aquellas nuevas miradas cenitales
amenazan el arte creador del niño.
Las nieblas pasajeras se ralentizan
y se coaligan en un panóptico inquisidor
que amasa una moral de obediencia
en sus pechos de pájaro.
Las celestiales formas de Matisse vuelven
cuando el niño rebelde se niega a obedecer
y expulsa a latigazos a todos aquellos cortesanos
que habían profanado el templo de su divina imaginación.
Pero los cúmulos retornan una y otra vez y para siempre.
Estos cúmulos dejan manchas verdes, claro que sí,
pero son humedades que forman parte de nuestra existencia;
una caldera de Taburiente en la que se forja
la revolución de la infancia
contra el dogma imperial de los adultos.

El joven sigue viendo pasar las nubes,
y hace como que no le importa.
Y yo me río y me río, cantaría Andrés Sudón.
Pero siente que hay algo conmovedor en ellas
que forma parte de su cielo más íntimo.
El bastidor del tiempo desgrapa el lienzo azul
que ya desliza, para siempre, sujeto a las formas.
Y ya no solo ves pasar, sino que pasas lo que ves.
Y las miradas de reojo dejan de ser
porque las dos miradas son una y la misma.
Algunas formas amenazan tormentas perfectas
que el chaval aprovecha con su pecho de fuego
para declamar su poema ¡Oh, yo! ¡Oh, vida!
ante el bello drama del desastre.
Porque el joven, ante todo, es un artista puro
que sabe sin saber —pero lo sabe—
que su vida es la única obra maestra que vale la pena.
A veces cristaliza la nube
y se sacude sus lágrimas de granizo
dejando un manto de pedriscos en su patio interior;
pero son pedriscos que forman parte de la existencia.
Una Filomena en la que estalla
la revolución desesperada de nuestras vidas.

Y ahora siento cómo han pasado los años y las nubes...
¿Cuándo harás ese viaje?, cantaría Marta Plumilla.
Mañana, siempre mañana…
El frío del pecho condensa el mundo
rodeando tu cuerpo con una esfera de niebla.
Se trata, más bien, de un límite esférico,
de una frontera, a partir de la cual todo es niebla,
Y el mundo disponible para ti —el lienzo azul—
es el que queda confinado en esa esfera hueca.
Y empiezas a hostiarte contra las farolas de tu ocaso
porque no las ves venir
y la gente se descojona de tu torpeza.
Y el radio de tu esfera mengua y mengua
y los álbumes de tu vida se van llenando
de personas queridas cuyo radio de la esfera
es ya una gota más en la bruma universal.

Y te das cuenta de que todo cuenta.
Y de que el «mañana» es una excusa irreparable
para no continuar con la revolución que proclamaste
cuando tu pecho se jugaba
el todo por el todo.

Al final todo es nada
pero qué menos que fiarlo todo a la vida
mientras nuestra esfera nos deje espacio
para encajar las últimas piezas
de nuestro paso por el mundo,
y tiempo para escuchar a la gente querida hablar
del hermoso fracaso de su propia revolución.

Cuando me transfigure en niebla de mi niebla
aprovecharé para ser nube pasajera
y reventar —desde adentro— todo este panóptico amoral.
¡Como si fuera el jodido Trotsky
retrataré en el lienzo clandestino mi amor revolucionario!
Intentarán clavarme un piolet en la cabeza,
pero, como seré puta niebla,
seguiré eternamente
con mis pasquines de rocío,
dejando mis poemas en los pastos celestes,
cantando Palabras para Julia (para toda la humanidad)
y, de algún modo,
recitando lo que soy
en plena

libertad.​

Andreas
Madrid, 6 de abril de 2026

Buen poema, Andreas. Un bello paseo entre melancolía, nostalgia, filosofía y realismo.

Salud2, compañero.
 

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