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Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuentan que hace tiempo la luna tuvo un hijo de belleza marfileña, que en las noches claras de estío paseaban juntos por las galerías del cielo, saludando a sus súbditas las estrellas, que éstas regalaban al niño trocitos brillantes de polvo de galaxia para hacerle a su madre un brazalete. Cuentan los rumores que un día de San Juan, en un eclipse total de luna, mientras ésta coqueteaba con el sol, el niño se soltó de su mano y fue correteando de astro en astro, hasta montar en un cometa como si fuera Pegaso.
Dicen que en un momento perdió el equilibrio y cayó a la tierra, que lo encontraron asustado los gnomos del bosque, que fue feliz un tiempo con ellos y que se alimentaba con caramelos de escarcha. Cuentan las leyendas que un día lo robaron unos gitanos para utilizarlo como encendedor de sus hogueras, que todas las noches desde entonces se escuchaba el llanto de un bebe. Que una Gran Señora que acertó a pasar por allí se apiadó del niño y se lo compró a los gitanos por una gran carroza de madera de ébano y oro. El niño estuvo maravillado al principio con aquella vida palaciega, sin embargo, pasado un tiempo empezó a llorar de nostalgia al recordar a su madre la luna y a sus amigos los cometas, entonces la gran dama algo compadecida le prometió devolverlo al cielo un día, pero retrasó su promesa y prefirió guardarlo en su joyero y reservarlo como un hermoso camafeo para lucirlo en sus noches de fiesta y baile y dar envidia a sus invitadas.
Pasó el tiempo y no se supo nada ni de la Noble Señora ni del infante. Parecía que nadie supiera dar una pista de su paradero y poco a poco se fue olvidando la fábula del niño de luna.
Un día en el mercadillo me llamó la atención este hermoso cofre, lo compré y al llegar a casa y abrirlo me encontré con esta maravillosa joya que nada más verme me dijo con su tierna voz infantil:
-Por favor, apiádate de mí, soy el hijo de la luna, devuélveme al cielo y te prometo que te iluminaré y te bendeciré todos los días de tu vida.
Enternecida por su hermosura y dulzura he decidido devolverlo al firmamento, de donde nunca debió de partir, a cambio sé que siempre podré contar con su amistad celestial ahora y por toda la eternidad.
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