Miro mi mano derecha.
Sola, se le ha ido tu calor.
Se le doblan los dedos
no es la misma atrapando aire.
Sin tus caricias no es la misma.
Con la piel dormida, metida para adentro
inmutable, insensible
casi no es una mano.
Es increíble, yo no creería si me dijeran
que solos, por si mismos
los dedos pueden amar, y sin embargo
cada uno tiene corazón.
En tu ausencia, díscolos se comportan
actúan como si jamás
se hubieran trasladado por tu cuerpo
suaves, delicados, sutiles.
Imprudentes y ante las heridas desafiantes
tocan metal caliente, agua hirviendo
se clavan astillas, se gastan
impersonales.
Pero cuando te encuentran nuevamente
abandonan ese talante impermeable
que los deja mentalmente fríos
se sueltan de las horas flacas, hambrientas
y regresando a mí, míos, federados
se les da vuelta la piel.
¡Hasta las uñas sonríen!
¡Oh!...
¡Que parecido soy a mi mano!
Sola, se le ha ido tu calor.
Se le doblan los dedos
no es la misma atrapando aire.
Sin tus caricias no es la misma.
Con la piel dormida, metida para adentro
inmutable, insensible
casi no es una mano.
Es increíble, yo no creería si me dijeran
que solos, por si mismos
los dedos pueden amar, y sin embargo
cada uno tiene corazón.
En tu ausencia, díscolos se comportan
actúan como si jamás
se hubieran trasladado por tu cuerpo
suaves, delicados, sutiles.
Imprudentes y ante las heridas desafiantes
tocan metal caliente, agua hirviendo
se clavan astillas, se gastan
impersonales.
Pero cuando te encuentran nuevamente
abandonan ese talante impermeable
que los deja mentalmente fríos
se sueltan de las horas flacas, hambrientas
y regresando a mí, míos, federados
se les da vuelta la piel.
¡Hasta las uñas sonríen!
¡Oh!...
¡Que parecido soy a mi mano!