No hay medida posible en la materia
para ocupar tu rostro transparente,
no hay peso en la balanza del afecto
que contrarreste tanto amor en balde
ni hay azul en el mar
ni amarillo en los árboles de otoño
que compongan el verde interminable
de tus ojos preciosos.
No hay tamaño en el viento
que transporte tu voz, no es suficiente
la reunión de brisas y de ráfagas,
de barloventos y mesanas recias
para que quepa en ellos tu sonido.
No hay sangre en los latidos de los jóvenes
que consigan el pulso de mis venas
cuando cambian su oxígeno por aire
que ha brotado en tus labios circulares
hecho aliento de un beso.
No hay calor en el centro de la tierra
que pueda competir con lo que siento
ni calibre en la luz de la jornada
para que te ilumine por completo
más allá de la carne y del espíritu,
más acá del instante de la muerte.
para ocupar tu rostro transparente,
no hay peso en la balanza del afecto
que contrarreste tanto amor en balde
ni hay azul en el mar
ni amarillo en los árboles de otoño
que compongan el verde interminable
de tus ojos preciosos.
No hay tamaño en el viento
que transporte tu voz, no es suficiente
la reunión de brisas y de ráfagas,
de barloventos y mesanas recias
para que quepa en ellos tu sonido.
No hay sangre en los latidos de los jóvenes
que consigan el pulso de mis venas
cuando cambian su oxígeno por aire
que ha brotado en tus labios circulares
hecho aliento de un beso.
No hay calor en el centro de la tierra
que pueda competir con lo que siento
ni calibre en la luz de la jornada
para que te ilumine por completo
más allá de la carne y del espíritu,
más acá del instante de la muerte.