No hay tiempo para el tiempo

giuliana

Poeta recién llegado
Ya no aguantaba más, hacia cinco horas que estaba en el colegio. Sentada mirando el reloj, observando cómo ese maldito segundero seguía dando vueltas pero la hora nunca llegaba. Hasta me parecía que había empezado a dar vueltas hacia atrás, cuando por fin llego al doce.
Sonó el timbre, todos se pararon y comenzó esa avalancha de gente cotidiana, que caminan en masa congestionando todas las salidas, así como vacas saliendo del corral.
Camine hasta casa, tenía el estómago contraído y la cabeza quemada. Moría de hambre, asique fui directo a la cocina, pero mire a la derecha y ahí estaba: el nuevo reloj de pared que mi mama había comprado; cada vez teníamos relojes más grandes. Terminé comiendo prácticamente parada, porque en diez minutos me tenía que ir a danza.
Agarre mis cosas, y casi sin comer, porque de tan solo haber mirado la hora ya había perdido el apetito, me fui.
Hacía casi una hora que estaba bailado, y para ese momento mis piernas solo se movían por fuerza de inercia. Era como si mi cabeza ya no formara parte de mi cuerpo, no podía concentrarme y no paraba de mirar el reloj. Me parecía que ese “tic-toc” de las agujas comenzaba a sonar más fuerte que la música. Ese sonido tan monótono penetraba en mis oídos y sentía que estaba a punto de enloquecer.
Volví en mi cuando la música paró y ya no escuchaba el reloj. Respiré profundo, agarre mis cosas, y otra vez, me fui.
Así seguía mi día, la verdad es que no puedo decir nada especial, si era exactamente igual a todos los demás. Ya habían pasado semanas, meses, años, que eran uno igual a otro; no me había detenido nunca a pensar qué opinaba yo misma acerca de mi vida. ¿La pasaba bien haciendo las cosas que hacía?, ¿Era feliz llevando esta vida?, ¿Me gustaba gastar mi tiempo de esta manera?
Comencé a caminar cada vez más rápido y una lágrima atravesó mi mejilla, ya no sabía quién era, qué quería, ni a dónde iba. Sólo caminaba con una horrible sensación en el estómago, cuando una señora me frenó: “discúlpame querida, ¿tenés hora?” me dijo. “Sí señora, las tres y veinte” le conteste y seguí.
¿Tres y veinte había dicho? ¡Me tenía que ir a ingles! Pero la situación me superó y no pude ir a ningún lado.
Terminé sentada en una hamaca, en alguna plaza de por ahí. No quería moverme de ahí, ni que las horas siguieran pasando, hubiera congelado el tiempo para siempre en ese preciso instante. Nunca me había pasado algo así, yo creía ser feliz, y siempre hablé mal de esas personas que se quejan de cosas como ésta, pero en ese momento me sentía como una pequeña hormiga a punto de ser aplastada por el enorme pie de la rutina.

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Aplaudo de pie tu escrito. No sólo por lo bien narrado sino porque has sabido aprecias la sutileza al escribirlo.
El tiempo nos corroe la vida, nos hace ir deprisa a ninguna parte. Una rutina cronometrada que nos aísla, nos provoca, nos exilia. Quien no siga ese horripilante "tic tac" quedará excluído de ese contrato de tiempo.
Te felicito.
Natt.-
e

 
Comparto las palabras y elogios a tu escrito de UNA LAGRIMA. Bien narrado, muy claro lo que expresas y muy cierta tu reflexion. Te felicito sinceramente por tu forma de expresion.

Siempre: ISABEL
 

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