Con los dedos adoloridos y la mirada embotada
se permean las horas despacio, gota a gota
como si la bóveda estuviese ajada y rota
mientras nadie sabe, nadie supo ni se hizo nada.
Siguen volando sobre las ideas de un teclado
corriendo tras una inspiración más determinada.
empeñada en dejar aunque sea una patente cansada
en vez de partir sin esfuerzo en un reto declinado.
Mis ojos aún miran al Oriente
y la banca del parque aún me sostiene
la pregunta que a todas luces me dirige y tiene
es precisamente ¿Por qué ser valiente?
En el momento de encarar la misma interrogante
se despeja la duda, si es que alguna vez fue tal,
de la mueca ruda, que nace del ataque frontal
a lo que presuntamente es un declinar galante.
No me rendiré sin luchar. Eso no tiene rival.
Ya que me niego a ser un segundo pasajero
mejor ser labriego que pastor ovejero
y lanzar el grito de reto, un grito tribal.
No he terminado aún de gritar
Con los dedos adoloridos, aún puedo escribir un versar
de trazos floreos y coloridos que patenten un tenaz pensar.
se permean las horas despacio, gota a gota
como si la bóveda estuviese ajada y rota
mientras nadie sabe, nadie supo ni se hizo nada.
Siguen volando sobre las ideas de un teclado
corriendo tras una inspiración más determinada.
empeñada en dejar aunque sea una patente cansada
en vez de partir sin esfuerzo en un reto declinado.
Mis ojos aún miran al Oriente
y la banca del parque aún me sostiene
la pregunta que a todas luces me dirige y tiene
es precisamente ¿Por qué ser valiente?
En el momento de encarar la misma interrogante
se despeja la duda, si es que alguna vez fue tal,
de la mueca ruda, que nace del ataque frontal
a lo que presuntamente es un declinar galante.
No me rendiré sin luchar. Eso no tiene rival.
Ya que me niego a ser un segundo pasajero
mejor ser labriego que pastor ovejero
y lanzar el grito de reto, un grito tribal.
No he terminado aún de gritar
Con los dedos adoloridos, aún puedo escribir un versar
de trazos floreos y coloridos que patenten un tenaz pensar.
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