Antonio González
Poeta recién llegado
Mujer, no me digas que no.
No me digas que sí.
No me lo digas,
prefiero no saberlo.
limítate a amarme
y deja el resto a un lado,
al menos hoy.
Mujer, no me digas que no.
Vuelve a mirarme a lo ojos
y dímelo. NO, NO.
Pero no. No quiero verlos.
No me mires
y no me lo digas.
Deja que yo lo adivine.
Deja que me imagine
que tus ojos me miran
mientras me dices que sí.
Acércame a las estrellas.
Bájame un par de planetas
Con tu mano envejecida
Por el uso en la batalla.
Regálame un entrepiso,
sin ventanas ni acuarelas
que decoren sus paredes,
y coloca allí las estrellas
y los planetas y hagamos
de mi casa nuestro mundo.
Llora de felicidad,
hasta que no puedas más.
Ríe de alegría,
hasta quedarte sin voz.
Baila sin parar,
hasta desfallecer.
Y así con el agua de tus lágrimas,
el sonido de tu risa,
convertido en pétalos de rosas,
y el viento que provoca tu baile
tengamos, bajo nuestro
propio manto de estrellas,
un edén en miniatura
para disfrutar de nuestros egos
y combinarlos para crear
el calor suficiente
que haga florecer los rosales
y se alimenten nuestros corazones
con almizcle y licor de rosas,
haciendo envidiar a las estrellas
las almas terrenas y humanas,
y que se embelesen con tu mirada,
que sólo les dedicas para contarlas
sin ponerles nombre, sin apellidarlas.
Déjame tomar el arrope de tu boca
y que atraídas por su dulzura
miles de palomas blancas
hagan figuras en el aire
dibujando un corazón
con los pétalos de las rosas
bajo el cálido cielo de estrellas
mientras bailamos y reímos
nos amamos y lloramos.
No me digas que no, mujer
No me digas que sí.
No me lo digas,
prefiero no saberlo.
limítate a amarme
y deja el resto a un lado,
al menos hoy.
Mujer, no me digas que no.
Vuelve a mirarme a lo ojos
y dímelo. NO, NO.
Pero no. No quiero verlos.
No me mires
y no me lo digas.
Deja que yo lo adivine.
Deja que me imagine
que tus ojos me miran
mientras me dices que sí.
Acércame a las estrellas.
Bájame un par de planetas
Con tu mano envejecida
Por el uso en la batalla.
Regálame un entrepiso,
sin ventanas ni acuarelas
que decoren sus paredes,
y coloca allí las estrellas
y los planetas y hagamos
de mi casa nuestro mundo.
Llora de felicidad,
hasta que no puedas más.
Ríe de alegría,
hasta quedarte sin voz.
Baila sin parar,
hasta desfallecer.
Y así con el agua de tus lágrimas,
el sonido de tu risa,
convertido en pétalos de rosas,
y el viento que provoca tu baile
tengamos, bajo nuestro
propio manto de estrellas,
un edén en miniatura
para disfrutar de nuestros egos
y combinarlos para crear
el calor suficiente
que haga florecer los rosales
y se alimenten nuestros corazones
con almizcle y licor de rosas,
haciendo envidiar a las estrellas
las almas terrenas y humanas,
y que se embelesen con tu mirada,
que sólo les dedicas para contarlas
sin ponerles nombre, sin apellidarlas.
Déjame tomar el arrope de tu boca
y que atraídas por su dulzura
miles de palomas blancas
hagan figuras en el aire
dibujando un corazón
con los pétalos de las rosas
bajo el cálido cielo de estrellas
mientras bailamos y reímos
nos amamos y lloramos.
No me digas que no, mujer