No me escribas, ven a verme, y mírame con esos ojos,
Que parecen dos luceros en un cielo de cristal;
Y si vienes no me niegues tus palabras,
Que yo prefiero escucharlas de tu boca angelical.
El que escribe dice cosas, a veces sin él pensarlas,
Porque un papel aguanta muchas cosas sin verdad;
Mas aún si tú me hablas sin esconder la mirada;
Podré percibir lo absurdo o la pura realidad.
Una carta, una misiva, puede lacerar el alma,
Mucho más si se recibe sin conocer un por qué;
La mujer que te la envía te dice miles palabras,
Diciéndote que se aleja para nunca más volver.
Yo no quiero que me ames, si ya por mí no lo sientes,
Como antes me jurabas que por siempre habría de ser;
Pero quiero que me digas, frente a frente, cara a cara,
Sin ser letras que se borran en la piel de un papel
No me escribas, ven a verme, y mírame con esos ojos,
Que parecen dos luceros en un cielo de cristal;
Cuando acaso te decidas no me hieras con decires,
Y deja tus tentaciones que caminen sobre el mar.
Que parecen dos luceros en un cielo de cristal;
Y si vienes no me niegues tus palabras,
Que yo prefiero escucharlas de tu boca angelical.
El que escribe dice cosas, a veces sin él pensarlas,
Porque un papel aguanta muchas cosas sin verdad;
Mas aún si tú me hablas sin esconder la mirada;
Podré percibir lo absurdo o la pura realidad.
Una carta, una misiva, puede lacerar el alma,
Mucho más si se recibe sin conocer un por qué;
La mujer que te la envía te dice miles palabras,
Diciéndote que se aleja para nunca más volver.
Yo no quiero que me ames, si ya por mí no lo sientes,
Como antes me jurabas que por siempre habría de ser;
Pero quiero que me digas, frente a frente, cara a cara,
Sin ser letras que se borran en la piel de un papel
No me escribas, ven a verme, y mírame con esos ojos,
Que parecen dos luceros en un cielo de cristal;
Cuando acaso te decidas no me hieras con decires,
Y deja tus tentaciones que caminen sobre el mar.