No sabía que el único medio para sobrevivir era darse de cabezazos contra la pared. No sabía que sin una botella pudiera estar aquí hablando sobre cómo las ranas se comen a sus hijos cuando nacen. Ni siquiera esperaba poder continuar ejerciendo mi derecho a rezar desde que le dije a mi amigo que su mayor aspiración y logro hasta la fecha era el cabezazo que se dio contra el puente de madera, cuando lo derribó por los montes y los pájaros debieron de creer que se había declarado la III Guerra Mundial. Nadie, absolutamente nadie me esperaba en el futuro, que no es como decir para cenar, es mucho más deprimente. Sí, quizás hoy cene y el embutido sea ibérico, o puede que cuando piense en caerme por un precipicio sea solo un acto de fe enlatada bajo una sórdida red hueca, bajo un suelo azulado y nebuloso; pero lo importante no dejará de ser que cuando dentro de quince años vaya a una casa de putas en vez de cenar, no recuerde cuando empezó a faltarme el alimento. Ni siquiera podré dejar pasar la ocasión de olvidar todo y nada de lo que siempre quise y no pude ganar, conseguir, ser; porque solo un gilipollas que hace todo lo que es peor para él podría obviar tantos momentos con vino y besos en aceite. Que yo sepa, los tenedores se cogen con los pies, y con la mano derecha se masturba uno; a lo peor vinieron los que esperaban algo de mi persona y no supieron aceptarlo o hacérmelo ver. Sin duda, la culpa ha de caer sobre el menos culpable, como siempre ocurre, y será el tipo a quien le dediquen la película tan taquillera y que se preocupará de meterse en la cama con un oso de estropajo y que llorará acordándose de cómo ladran los perros cuando a un hombre le falta el alma. O quizás los abigarrados momentos de lucidez coincidan con tu santo intento de mantenerte al margen, por supuesto fallido, pues solo tres policías y sus seis armas te hubieran disuadido de pensar en mí como algo más que tu simple proveedor de placer.