Pablo Beneventano
Poeta recién llegado
No sólo tus pechos perfumados
enamoraron mi olfato
ni tu mirada de cristal
ni tu cálida voz
como brisa de verano
en la mañana.
En verdad el mundo me puso
tirado a tus pies
como si fuera culpable
de haber comido el fruto
prohibido de los dioses,
de haber pasado indigente
la línea de tu desnudez
o de tus sueños.
Pero en mis brazos suspirabas
debajo de una manta agujereada
donde se filtraba una luz
de nuestros besos seguidos.
No sólo la frescura de tus manos
ni el don secreto de tus labios
dieron libertad
a los pájaros cautivos en mí.
Yo te dí la música
amontonada del mundo
en un solo silencio;
en mí se desbordaban
los ríos,
bramaba el mar,
en mí se desencadenaba
una tormenta
cada vez que te veía llegar.
Pero no sólo tus pasos
equivocaron los míos
no sólo la exactitud
de tus caricias
moldearon mi alma;
no sólo llegabas a mí
mientras los otros seres pasaban;
pasaban el día y la noche
salpicando agua
en mí se desvanecían
las ideas por darte sólo una palabra,
antes de darte la vida.
P.B.
enamoraron mi olfato
ni tu mirada de cristal
ni tu cálida voz
como brisa de verano
en la mañana.
En verdad el mundo me puso
tirado a tus pies
como si fuera culpable
de haber comido el fruto
prohibido de los dioses,
de haber pasado indigente
la línea de tu desnudez
o de tus sueños.
Pero en mis brazos suspirabas
debajo de una manta agujereada
donde se filtraba una luz
de nuestros besos seguidos.
No sólo la frescura de tus manos
ni el don secreto de tus labios
dieron libertad
a los pájaros cautivos en mí.
Yo te dí la música
amontonada del mundo
en un solo silencio;
en mí se desbordaban
los ríos,
bramaba el mar,
en mí se desencadenaba
una tormenta
cada vez que te veía llegar.
Pero no sólo tus pasos
equivocaron los míos
no sólo la exactitud
de tus caricias
moldearon mi alma;
no sólo llegabas a mí
mientras los otros seres pasaban;
pasaban el día y la noche
salpicando agua
en mí se desvanecían
las ideas por darte sólo una palabra,
antes de darte la vida.
P.B.