José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
No estarás sola mi niña.
No lo estarás
cuando yo me haya ido.
Estarás rodeada de mar,
de mi mar y de mi alma.
De ocasos de sol con futuro
de mañanas en calma.
De horizontes limpios,
con cielos cálidos
de color ámbar.
El sol,
te despertará
como siempre,
como cada mañana.
No encontrará mancha
de mi sombra,
pero te contará historias
de un viejo que te extraña.
Te iluminará los caminos
y allanará tu morada
a través de la ventanita
de tu alma.
Que te dará luz y calor
con reflejos en ámbar
y colores de amor.
Tú,
mi niña,
serás mi estrella,
serás mi guía,
serás el velamen
de mi travesía
en balsa
por ese mar
de oscura traza.
Guiarás
mi andadura
por el ámbar negro
hacia el columpio
de los sueños,
donde añoraré
tus balanceos
y tus besos.
No te bajes mi niña,
quédate de espaldas,
no te pierdas
el ocaso
de esa luz
que te abraza.
Búscame después
en el balanceo
de las olas
y colúmpiate
con los recuerdos
de aquel peluche
que nunca
te dejó sola.
No,
no te bajes
mi cielo,
que la luna
que te mira,
es la misma
que acogió
en su casa
la sombra
que te abraza,
y todas las noches,
mucho antes
que despierte el alba,
desciende en tus sueños,
y te cambia
los amargos por dichas,
dándote un beso
en tu mejilla redondita
y sonrosada.
No mi niña.
No te bajes.
Sujétate con fuerza
al columpio de la vida,
que yo no dejaré de abrazarte
en tus días aciagos,
que vendrán…
de mirada húmeda y perdida.
José Ignacio