Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
Voy vestido de arqueólogo de la memoria, debo volver a todos los lugares donde fui herido, camino por un monte, veo una densa marea de tristeza acechando un cielo impenetrablemente profundo. Del otro lado el bosque empuja, va dejando un fondo de árboles besándose bajo el sol. El aire está más tibio, acaricia mejor mi cuerpo que reposa la madrugada fuera del cansancio de los ojos. El aire sabe como a niebla rasa, que el sol va deshaciendo al levantarse. Es el viejo sabor que ha seguido llenando de tiempo mi corazón.
Ha seguido la vida, el tiempo y la distancia ayudan pero se van dejando los pasos, las calles con memoria recorridas tantas veces. Se van quemando los ojos de mirar los recuerdos como trinos en un oscuro bosque.
La vida es un aliento que nos dieron en un grito sin azules llovido de alegría, que va apagándose hasta quedar en una mancha solamente. Son los recuerdos, únicamente, los que bastan para aplastar el tiempo y apurarlo con un resplandor tan definitivo como un cuchillo, un relámpago comprimiendo la vida en la
memoria.
Ahora ya sé que la vida puede romperse por cualquier punto, mi existencia no es más que un breve estallido de luz entre dos eternidades, ciento ocho mil latidos de corazón por día, estallando ferozmente, indiferentes a los actos o pensamientos pero retumbando en actitud de tensa interrogación. Por eso reparto mi vida en pequeños trozos de pan, a veces seco de lágrimas vertidas, a veces duro de ese dolor creciente de ausencias, otras blando de una lluvia fina y persistente que alimenta el alma de melancolía, pero siempre con buen sabor. Como un fondo de árboles la vida sigue, la niebla dibuja estelas claras, funde grises. Mis ojos también siguen, si observo el horizonte hay recuerdos, se recortan contra el cielo, es como sentarse sobre los bordes de un sueño tocando con los pies en la tierra.
Indagar en la corteza de las palabras me lleva a un inicio llagado. Pero hay prisa por apartar la mente del lado oscuro sin embargo. Se precipita el brillo de la mueca sonriente buscando vida, como se eleva la niebla con los primeros rayos de sol, hay una fuerza inmensa que se postra frente a tus pies cada día, ¿acaso arañar la tierra la amansaría…? Nace con fuerza la mirada pero se arrastra atraída por la gravedad hacia su murmullo. Secuencias claroscuras se balancean acunando tu voz en mi memoria, como esos recuerdos de un futuro que sorprende por lo irreal. Paseo por tus palabras como si quisieran mis pies brincar en los charcos de la infancia, debatiéndose contra la disolución.
A menudo me ha parecido verte de nuevo tras las sombras de las parras. Llevabas siempre abierta la sonrisa, y al aire los bolsillos llenos de mapas. Te recuerdo niña, persiguiendo la felicidad que traían las cosas encontradas, a la orilla del río, o bajo el agua de las charcas. Cómo te gustaba la lluvia incesante golpeando las fachadas y el tacto efímero de esa escarcha que soñaba con el alba. Allí eras transparente, hasta la hierba palpitaba disfrutando los excesos que tu sonrisa amontonaba. Bajo el suelo de la luna dormías en los números infinitos junto a letras perfumadas. Y desnuda, desnuda en tu interior, desnuda de esa nada que te regaba de luz el alma.
Bajo el agua de las charcas y en la lluvia, encontré el milagro de la vida. Era fascinante observar el movimiento que se producía en los lodos pero era desolador no saber qué ocurría cuando todo aquello se secaba.
Un día, se me ocurrió que podía crear una réplica en mi propia ventana. Una vieja ensaladera de cristal a modo de pecera, una base de lodo ya casi seco de la charca y la mágica lluvia de la primavera. La paciencia y la fascinación se unían en un ensimismamiento, junto a la ventana día tras día, deslumbrantes imágenes cobraban vida frente a mis ojos.
Día tras día, la vida se multiplicaba, diminutos seres en movimiento, musgo, burbujas de oxígeno! Había creado un VIVARIO, el ciclo mágico de la vida – muerte –vida. Claro que el tiempo también hizo que la superpoblación asustara a mi familia y finalmente tuve que trasladar mi mundo junto al río, pero ahora ya sabía por qué hasta la hierba palpitaba.
Me ha parecido verte en los márgenes del agua, quitándote los zapatos para quedarte sin palabras, todas la que no se dicen y las que tampoco hacen falta. Ahora que entiendo tus silencios, me quedo con las ganas.
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