Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
NOCHE DE BAILE
¡Ay Jacinta... Ay Jacinta...!
Brillando como la luna,
más hermosa que ninguna
fuiste al baile de las Quintas.
En coro dos verduleras[1],
y tres guitarras guerreras
al hábil violín seguían.
Chamamés, valseados, polkas,
rasguidos dobles, galopas,
en la noche calurosa
a gran distancia se oían
y las parejas lucían
en la danza fervorosa
sus destrezas y osadías.
Te miré y quedé pegado
al poder de tu hermosura.
En tus trenzas, su negrura,
mis ojos se habían quedado
esclavos sin indulgencia
y al ver los tuyos: ¡Clemencia!
¡Ay Jacinta...Ay Jacinta...!
Te invité a bailar ahí mismo[2]
sin mayores formalismos
y me asentiste gustosa
con tal tímida sonrisa.
Ya en mis brazos, temblorosa,
apoyaste en mi camisa
tus tibios senos, ¡Jacinta...!
Mi brazo ató tu cintura
para arrimar tu figura
a mi cuerpo que en la danza
se te lió como una cinta,
y sentí temblar tu panza
con apetencias distintas
¡Ay, Jacinta! ¡Ay Jacinta!
Mis labios sobre tu frente
la encontraron tan caliente
que despedías los vapores
con fragancias de celinda,
azahares y otras flores
que exaltaron mis ardores...
¡Ay Jacinta...! ¡Ay Jacinta...!
Nos llevaron los apremios
a concedernos los premios
de las íntimas pasiones
en las piladas del heno
de los oscuros galpones,
y entre bolsas de centeno...
¡Ay, tus primores, Jacinta!
EDUARDO MORGUENSTERN
[1] Verduleras: acordeones.
[2] Ahí mismo: de inmediato, sin demora