Bender Carvajal
Poeta recién llegado
[video=youtube_share;jTfZNv0bQ44]http://youtu.be/jTfZNv0bQ44[/video]
Voy camino de las altas hogueras,
surfeando la noche agreste,
pasajero con pies de plumas
que rozan el sedimento de las horas,
vendedor de ángeles inmunes,
inoculador de estrellas acongojadas
con mi voz autodidacta que corrompe
la serenidad del cielo,
mochila de presagios intactos con que te llevo
paseando de planeta en planeta
bajo la noche de todas nuestras noches,
golondrina heredera de mis ojos
que te abanican el alma,
dilatada pupila de mi carne domesticada
Has atentado contra mí con tu belleza de senos pálidos
e inyectado los ojos de los Everest de tu piel.
Ven con mi mano suculenta de libertad
y no dejes que el aditivo de la ciencia
te sumerja lejos de mí.
Tengo los hechizos de un parto milenario
que redime la paz,
desarmo la precariedad colectiva de lo consciente,
nido de harapos que me libertan,
cuchillos de miel angosta,
delgadas marionetas sobre los párpados
y duendes no pintorescos entre las grietas de las mejillas.
No dejemos que la muerte nos abandone ahora,
estamos ebrios como las nutrias,
llenos de amor incandescente,
con las palabras soleadas, con las babas relucientes,
supernova de sexos que no se irritan
con la agriedad y el desenfreno;
sólo tú que predicas este aroma de la sangre
diluida y amarillenta entre los dedos,
tú, mi pequeño colectivo de alucinaciones
que desolaron los racimos de las parras tutelares
donde fuimos a nacer;
tú, compañera de mis anchas y pormenores
que adelantas los labios para el último silbido de la noche,
fortuita irresponsabilidad de tenerte
contra toda negación divina,
y desde los cuartos de tu espesura
sacarte nadando la mirada
por debajo de los ojos y por encima de la tierra.
Ven y deja que la madre alada
nos precipite hacia la complacencia
de este inevitable paseo para oler el frío
catódico del universo que nos acecha
Somos apenas dos cuerpos
destinados a no oponerse resistencia
Dejemos de pensar...
Quiero un hijo tuyo en mi memoria.
Voy camino de las altas hogueras,
surfeando la noche agreste,
pasajero con pies de plumas
que rozan el sedimento de las horas,
vendedor de ángeles inmunes,
inoculador de estrellas acongojadas
con mi voz autodidacta que corrompe
la serenidad del cielo,
mochila de presagios intactos con que te llevo
paseando de planeta en planeta
bajo la noche de todas nuestras noches,
golondrina heredera de mis ojos
que te abanican el alma,
dilatada pupila de mi carne domesticada
Has atentado contra mí con tu belleza de senos pálidos
e inyectado los ojos de los Everest de tu piel.
Ven con mi mano suculenta de libertad
y no dejes que el aditivo de la ciencia
te sumerja lejos de mí.
Tengo los hechizos de un parto milenario
que redime la paz,
desarmo la precariedad colectiva de lo consciente,
nido de harapos que me libertan,
cuchillos de miel angosta,
delgadas marionetas sobre los párpados
y duendes no pintorescos entre las grietas de las mejillas.
No dejemos que la muerte nos abandone ahora,
estamos ebrios como las nutrias,
llenos de amor incandescente,
con las palabras soleadas, con las babas relucientes,
supernova de sexos que no se irritan
con la agriedad y el desenfreno;
sólo tú que predicas este aroma de la sangre
diluida y amarillenta entre los dedos,
tú, mi pequeño colectivo de alucinaciones
que desolaron los racimos de las parras tutelares
donde fuimos a nacer;
tú, compañera de mis anchas y pormenores
que adelantas los labios para el último silbido de la noche,
fortuita irresponsabilidad de tenerte
contra toda negación divina,
y desde los cuartos de tu espesura
sacarte nadando la mirada
por debajo de los ojos y por encima de la tierra.
Ven y deja que la madre alada
nos precipite hacia la complacencia
de este inevitable paseo para oler el frío
catódico del universo que nos acecha
Somos apenas dos cuerpos
destinados a no oponerse resistencia
Dejemos de pensar...
Quiero un hijo tuyo en mi memoria.