El negro odre de vino tinto revienta en una noche enigmática, de brillo ecuánime y armónico. Los vestidos de las bacantes y del dios pendenciero quedan manchados con el oloroso elixir de la vida. Entonces se acerca desde la profundidad obscura de los besos calamitosos un blanco sacerdote de golosa mirada de niño eterno y mágicas manos de frágil adolescente. Lleva una antorcha plateada y de llamarada áurea. Se apresura a susurrar al oído de la noche sin luna un estribillo ominoso, que se pierde en la vorágine infinita de un silencio que cala hasta los huesos de los muertos durmiendo el amodorrado sueño eterno. Su acto surte efecto. Del cementerio de las ánimas un conglomerado de esencias estáticas penden del hilo arácnido que ya teje la recién nacida luna de amoríos espectrales. Susurrando entre ellos como un zumbido de glorioso enjambre eterno.